Orélie Antoine de Tounens no logró fundar un reino reconocido en el sur de Chile, pero su aventura dejó piezas de 2 centavos y 1 peso que hoy son rarezas numismáticas. Nunca circularon oficialmente.
En la historia monetaria hay monedas que nacen para pagar, otras para conmemorar y algunas para ordenar el comercio. Pero también existen monedas que buscan algo más ambicioso: fabricar autoridad.
Ese es el caso de las piezas atribuidas al llamado Reino de la Araucanía y la Patagonia, asociado al francés Orélie Antoine de Tounens, quien en el siglo XIX se proclamó —o, según versiones favorables a su causa, fue reconocido por algunos lonkos mapuches— como rey de la Araucanía y la Patagonia.
Su proyecto político no fue reconocido por el Estado chileno. Tampoco logró consolidarse como poder efectivo. Pero dejó una huella singular en la numismática vinculada a Chile: monedas con escudo, corona, denominaciones y leyendas que intentaban darle apariencia material a un reino que nunca llegó a existir jurídicamente.
La historia parte en 1860, cuando Orélie Antoine, un abogado francés, llegó al sur de Chile y proclamó el Reino de la Araucanía y la Patagonia bajo el nombre de Orélie-Antoine I. A su proyecto lo llamó Nouvelle France, o Nueva Francia, denominación que aparecería después en las monedas atribuidas a esa empresa política.
La aventura duró poco. Fue detenido por las autoridades chilenas, declarado insano y enviado a un asilo. Luego fue liberado por gestiones del cónsul francés y pudo regresar a Francia. Pero la ficción monárquica no terminó allí. En Europa, el proyecto siguió circulando como causa política, negocio, propaganda y, con el tiempo, como curiosidad histórica.
Y ahí aparecen las monedas.
Se conocen pocos ejemplares, principalmente de 2 centavos y 1 peso, fechados en 1874. Su circulación es desconocida. No fueron monedas chilenas oficiales ni tuvieron reconocimiento legal en el país. Tampoco formaron parte del sistema monetario nacional. Pero su interés está justamente en otro lugar: fueron piezas de pretensión soberana.

La pieza de 2 centavos de 1874 resume esa pretensión. Fue acuñada en cobre, con canto liso, cerca de 31 mm de diámetro y un peso aproximado de 10,1 gramos. En el anverso aparece el escudo coronado de Araucanía y Patagonia, dividido en cuarteles y rodeado por 27 estrellas, con la leyenda “Orllie-Antoine Ier Roi d’Araucanie et de Patagonie”. En el reverso se lee “Nouvelle France”, sobre once estrellas, y al centro la denominación “Dos Centavos” y el año 1874, entre dos ramas de palma cruzadas.
Su emisión es desconocida y se conocen pocas piezas. Entre coleccionistas se mencionan variantes con punto después de “France”, sin punto, y con diferencias en el número 4 de la fecha. También se conocen piezas de valor de un peso, cuya naturaleza -ensayo, curiosidad numismática o pieza de propaganda- ha sido discutida desde temprano por autores como José Toribio Medina, Hugo Gunckel y Arturo Fontecilla.
José Toribio Medina incluyó estas piezas en Las monedas chilenas. Su aparición en una obra clásica de la numismática nacional no las convierte en monedas oficiales de Chile, pero sí confirma que fueron observadas desde temprano como objetos vinculados a la historia monetaria del territorio. En sus láminas aparece reproducida la moneda de dos centavos de 1874, con el nombre de Orélie Antoine y la leyenda “Nouvelle France”.

Medina las registra como piezas numismáticas, pero no por eso pasan a ser dinero chileno. Más bien ocurre lo contrario: su valor histórico está en la tensión entre una pretensión de soberanía y la ausencia de reconocimiento estatal.
Años después, Arturo Fontecilla Larraín volvió sobre el tema en sus Notas numismáticas, publicadas por la Sociedad Numismática de Chile en 1947. Allí dedica un apartado completo a “Las monedas de Orelie Antoine I, titulado rey de la Araucanía y de la Patagonia”. El texto es valioso porque muestra que, ya en el mundo numismático chileno de mediados del siglo XX, estas piezas eran vistas como raras, discutidas y difíciles de clasificar.
Fontecilla cuenta que en una reunión de la Sociedad Numismática de Chile, el doctor Honorio Aguirre presentó una moneda de Orélie Antoine de plata, casi del tamaño de las de ocho reales, muy bien sellada y en gran estado de conservación. Fontecilla afirma que nunca había visto una moneda de ese cuño en plata y que la consideraba un ejemplar único. También menciona que José Arrieta poseía dos monedas de cobre de valor de un peso, posiblemente ensayos.
El dato es relevante porque amplía el universo conocido más allá de los 2 centavos. Había piezas de cobre de un peso y, al menos según ese testimonio, una pieza de plata extraordinariamente rara. En todos los casos, sin embargo, el problema era el mismo: no se trataba de circulante chileno, sino de objetos asociados a una ficción política.
Fontecilla recoge tres versiones sobre el origen de estas monedas.
La primera es la de Medina. Según esa versión, las monedas se habrían acuñado en Bélgica cuando Orélie Antoine intentaba volver por tercera vez a Chile para fundar su reino, llamado Nouvelle France. Medina habría señalado que la moneda de cobre de dos centavos solo se había visto en Francia.
La segunda versión es la de Hugo Gunckel, director del Museo Araucano de Temuco. Gunckel sostuvo que estas piezas no debían considerarse monedas obsidionales, porque no alcanzaron a circular en Chile. Para él, los ejemplares existentes en colecciones chilenas habían sido comprados en París. Fontecilla dice compartir esa opinión: una moneda que no circuló en el país no podía ser tratada como obsidional; era, más bien, una curiosidad numismática.
La tercera versión es la que Fontecilla había propuesto antes: que las monedas pudieron haber sido acuñadas en Francia por numismáticos o comerciantes de monedas, con autorización de Orélie Antoine, como una novedad destinada a ayudarlo económicamente en sus últimos años.
Pero el propio Fontecilla termina inclinándose por una explicación más amplia, tomada de Armando Braun Menéndez. Según ese relato, las monedas habrían formado parte de una operación de propaganda y financiamiento ligada al proyecto de Nueva Francia.
El personaje clave habría sido un hombre llamado Mahon de Monhagan, exfuncionario de la administración francesa, quien tomó a su cargo las ideas de Orélie Antoine. Junto a otros interesados, habría formado una sociedad de carácter político y comercial, destinada a reunir fondos para la causa del supuesto reino. Más tarde se sumó un banquero, Jacobo Michaels, y la sociedad pasó a llamarse Orélie-Monhagan-Michaels.
La operación incluyó prensa, bonos, escudos, banderas y monedas. De acuerdo con el relato citado por Fontecilla, en una oficina comercial se exhibió la bandera de Nueva Francia, el escudo y un puñado de monedas de cobre, y probablemente algunas de plata, para convencer a eventuales compradores de bonos del empréstito.
Ese punto cambia la lectura de las piezas. Las monedas no habrían sido pensadas principalmente para circular como dinero cotidiano. Habrían sido parte de una puesta en escena de soberanía: objetos destinados a mostrar que el supuesto reino tenía símbolos, escudo, título real, denominación monetaria y una causa que podía ser financiada.
En otras palabras, eran propaganda en metal.
La reacción chilena no tardó. Fontecilla relata que el ministro de Chile en Francia, Alberto Blest Gana, intervino con firmeza. Envió información oficial a la prensa francesa para señalar que la Araucanía era territorio chileno, bajo jurisdicción chilena, y que cualquier expedición destinada a intervenir allí sería considerada una violación de las leyes del país. También dirigió notas a los ministros de Relaciones Exteriores de Francia e Inglaterra para denunciar los planes de la sociedad formada en torno a Orélie Antoine.
Según Fontecilla, esa intervención contribuyó a frustrar el proyecto. Los compradores de bonos se retiraron, se canceló el arriendo de barcos destinados a una eventual expedición y la empresa terminó desmoronándose. De todo ese intento quedaron algunas monedas de cobre, vendidas poco a poco a numismáticos, y algunas piezas de plata consideradas escasísimas.
La moneda, entonces, no fue un detalle menor. Fue parte de una estrategia política. Si el supuesto reino necesitaba convencer a financistas, simpatizantes o curiosos, debía parecer un Estado. Y para parecer un Estado necesitaba símbolos: bandera, escudo, títulos, bonos y monedas.
Ahí está la fuerza de esta historia. Las monedas del “Rey de la Araucanía” no valen por haber circulado, sino por lo que intentaron representar. No fueron dinero reconocido por Chile. No tuvieron curso legal. No fueron respaldadas por una autoridad nacional. Pero quisieron cumplir una función simbólica de soberanía.
Por eso dialogan tan bien con otras historias numismáticas chilenas. Valdivia acuñó monedas de necesidad en 1822 porque no tenía circulante. Coquimbo tuvo una Casa de Moneda entre 1827 y 1830 por la riqueza argentífera y la distancia con Santiago. La Serie del Indio de 1926 ensayó un rostro indígena que nunca llegó al circulante. Las monedas de Orélie Antoine, en cambio, pertenecen a otra categoría: no fueron una solución económica regional ni una emisión del Estado, sino una pretensión política sin reconocimiento.
Son, en cierto modo, el reverso de la moneda oficial.
Mientras el Estado chileno buscaba consolidar su soberanía sobre el territorio y ordenar su sistema monetario, Orélie Antoine y sus partidarios intentaban proyectar otra soberanía, imaginada desde Europa, mediante los mismos recursos visuales de un Estado: corona, escudo, leyenda y moneda.
La diferencia es que una cosa es acuñar metal y otra muy distinta es tener autoridad para convertirlo en dinero.
Esa es la lección numismática de estas piezas. La moneda puede ser medio de pago, documento histórico, símbolo de identidad o propaganda. Pero solo se convierte en circulante cuando una comunidad política la reconoce y una autoridad legítima la respalda. En el caso del “Rey de la Araucanía”, hubo metal, hubo escudo y hubo leyendas. Lo que no hubo fue soberanía reconocida.
Por eso estas monedas sobreviven como rarezas. No cuentan la historia de un reino efectivo, sino la de una ficción política que intentó existir también en metal.
Y en esa rareza está su atractivo. Porque muestran hasta qué punto las monedas han sido usadas para algo más que comprar o vender. También han servido para imaginar países, inventar legitimidades y construir relatos de poder.
Las monedas del “Rey de la Araucanía” no circularon oficialmente en Chile. Pero siguen circulando en otra parte: en catálogos, colecciones, museos y conversaciones numismáticas. No como dinero, sino como testimonio de una soberanía que quiso acuñarse y nunca llegó a ser.
