Pedro León Gallo convirtió la plata de Chañarcillo en una moneda propia para financiar la Revolución Constituyente de 1859. Los pesos Gallo circularon en Copiapó como dinero de emergencia.
En febrero de 1859, mientras Copiapó estaba en manos de los revolucionarios, Pedro León Gallo tomó una decisión inédita: acuñar moneda propia.
La ciudad enfrentaba escasez de circulante, necesitaba pagar tropas y sostener el comercio local. Pero el gesto iba mucho más allá de resolver un problema práctico. Al convertir la plata de Chañarcillo en pesos constituyentes, Gallo transformó la riqueza minera de Atacama en una señal de poder frente al gobierno central.
Así nació el llamado peso Gallo, una moneda de emergencia acuñada en Copiapó durante la Revolución Constituyente de 1859.
La pieza es pequeña y rústica. Una moneda de plata, fabricada de urgencia, acuñada por una sola cara y marcada por un escudo tosco, una estrella de cinco puntas y el valor “1 P.” o “I.P.”.

La historia comienza en Atacama, una región marcada por la riqueza minera y por una relación cada vez más tensa con Santiago. Copiapó era una ciudad próspera, orgullosa y políticamente inquieta. La plata de Chañarcillo había creado fortunas enormes, redes comerciales, infraestructura, transporte, crédito e influencia pública. La familia Gallo Goyenechea estaba en el centro de ese mundo.
Pedro León Gallo nació en Copiapó en 1830. Era hijo de Miguel Gallo Vergara, empresario minero, y político y de Candelaria Goyenechea, una mujer de enorme peso económico que invirtió en el Ferrocarril Caldera-Copiapó, primer ferrocarril de Chile. La fortuna familiar no era solo minera. Estaba conectada con el comercio, la infraestructura regional, la política local y el prestigio cívico.

Por eso el poder de Gallo fue construido sobre plata, familia, redes locales y una provincia que se sentía con derecho a disputar espacio frente al centralismo santiaguino.
A comienzos de la década de 1850, Gallo pasó de una posición inicialmente cercana al gobierno de Manuel Montt a una oposición cada vez más abierta. Fue regidor de Copiapó, escribió en la prensa local y se convirtió en una voz crítica del autoritarismo presidencial y del centralismo administrativo. Cuando en 1859 estalló la Revolución Constituyente, esa crítica se transformó en insurrección.
El levantamiento comenzó en Copiapó en enero de 1859. La provincia de Atacama se alzó en armas contra el gobierno central. Gallo fue proclamado intendente por los revolucionarios y luego asumió como jefe máximo de las fuerzas del norte, con grado de general. Su movimiento se extendió hacia Caldera, Freirina, Vallenar, Carrizal y La Serena. Durante algunos meses, el Norte Chico funcionó como una zona liberada, con autoridades propias, tropas, talleres, armas, símbolos y mando político.
Pero una revolución no se sostiene solo con ideas. Necesita plata. En este caso, literalmente.
Tras la toma de Copiapó, la zona rebelde enfrentó una fuerte escasez de numerario. Al cortarse las comunicaciones con Santiago, comenzaron a faltar monedas oficiales. Las piezas de oro que circulaban tenían demasiado valor para las pequeñas transacciones. Faltaba moneda para pagar tropas, comprar abastecimientos y mantener vivo el comercio cotidiano.
Ante esa coyuntura, Pedro León Gallo impulsó el 7 de febrero de 1859 una nueva forma de pago para ampliar la circulación monetaria en la zona rebelde. La solución fue tan práctica como desafiante: acuñar moneda propia en Copiapó.
La plata estaba en Chañarcillo. Jorge Ibáñez, en su libro sobre Pedro León Gallo, consigna que el caudillo puso a disposición de Anselmo Carabantes 1.000 marcos en barras de plata. A ese aporte se sumaron las “cuantiosas reservas” mantenidas por doña Candelaria Goyenechea, además de barras de otros industriales mineros de Copiapó y de comerciantes e industriales de Atacama que quisieron amonedar su metal.
El dato es clave para entender el poder de Gallo. La moneda no nació solo de una decisión política, sino de una red económica regional capaz de movilizar plata, talleres, comerciantes, técnicos y capital privado en función de una causa armada.
Las piezas fueron conocidas históricamente como monedas constituyentes, y en el ámbito numismático como monedas de Pedro León Gallo o simplemente los Gallo.
La fabricación estuvo a cargo del ingeniero Anselmo Carabantes, una figura clave del aparato técnico de la revolución. Según Ibáñez, Carabantes reunió a su equipo en una fundición semiabandonada ubicada frente a la Plaza de Armas de Copiapó, perteneciente al argentino Alejo Molina. Allí trabajaron los mecánicos norteamericanos Archivald y Joseph Brower, Meliton van Buren y un ciudadano francés, relojero, con conocimientos como grabador y abridor de cuños.
La improvisada Casa de Moneda funcionó con máquinas en desuso reacondicionadas para la emergencia: hornos, fraguas, un ventilador a motor y una máquina para laminar metal que pertenecía al joyero francés. No había maquinaria formal de una casa de moneda estatal. Hubo que adaptar un taller industrial de guerra para convertir barras de plata en cospeles y luego estamparlos a golpe de martillo.
El 1 peso constituyente era una pieza de plata, circular, unifaz, con reverso liso. Las fichas patrimoniales la describen con escudo de Copiapó o escudo local invertido, estrella de cinco puntas en su interior y el valor bajo el escudo. Uno de los ejemplares catalogados mide 37 milímetros, tiene 2,5 milímetros de espesor y pesa 22,2 gramos. En el mercado y en catálogos contemporáneos se observan piezas cercanas a los 22,1 y 22,4 gramos, con finuras de plata muy altas, usualmente descritas entre .990 y .999.
La emisión también incluyó 50 centavos, una media moneda de la misma lógica técnica: plata, acuñación unifaz, escudo, estrella, valor facial, reverso liso y canto liso. Un ejemplar patrimonial mide cerca de 31 milímetros y pesa 11 gramos. La razón de su carácter unifaz es reveladora: al intentar acuñar por ambas caras a martillazos, una impresión podía borrar la otra. La solución fue concentrar los elementos en una sola cara.
Esa precariedad técnica no le resta importancia. Al contrario. Hace visible la urgencia de la guerra.
El peso Gallo no era una moneda de salón ni una fantasía simbólica. Era dinero de necesidad. Circuló para pagar soldados, abastecer al ejército y permitir transacciones corrientes en una provincia que había roto el vínculo práctico con la capital. Su función económica fue real.
Aquí aparece uno de los puntos más delicados: la tirada. Las fichas patrimoniales más prudentes señalan que el tiraje exacto es desconocido. Sin embargo, una estimación muy difundida por la historiografía numismática sostiene que durante unos 70 días se habrían acuñado alrededor de 400 mil monedas: unas 390 mil piezas de un peso y 10 mil de cincuenta centavos, por un valor aproximado de $395.000.
La forma correcta de decirlo es esa: la cifra exacta no está cerrada documentalmente, pero la estimación clásica ronda las 400 mil piezas.
También existen disonancias en algunas fuentes posteriores, que mencionan denominaciones adicionales, como piezas de 20 centavos. Pero el material patrimonial público revisado reconoce con claridad las emisiones de 1 peso y 50 centavos de 1859. Por eso, salvo nuevos antecedentes concluyentes, conviene tratar las otras denominaciones como menciones secundarias, no como consenso.
Las variantes del 1 peso son parte de su atractivo actual. En el mercado aparecen distinciones por orientación de la estrella —“estrella hacia arriba” y “estrella hacia abajo”—, clasificaciones internacionales como X# 2.1 / KM 2.1 y Bruce-X2.2 / KM 2.2, y variantes asociadas a la lectura del valor facial, como “1 romano sobre 1 arábigo”. En una moneda artesanal, acuñada con punzones y martillo, esas diferencias son algo más que detalles técnicos: son huellas del proceso improvisado que la produjo.
La importancia política de la pieza es todavía mayor.
Emitir moneda es una atribución de soberanía. Una moneda dice quién manda, qué símbolos se reconocen y qué autoridad garantiza su valor. En el Chile de mediados del siglo XIX, donde la emisión monetaria era una prerrogativa estatal central, que una revolución regional acuñara moneda propia era un desafío directo al orden existente.
El peso constituyente decía que Atacama tenía territorio, plata, talleres, ejército, mando y una comunidad dispuesta a reconocer ese dinero. Decía que Copiapó no solo protestaba contra Santiago, sino que podía administrar una guerra, sostener comercio y ejercer autoridad material.
El mensaje era tan económico como político. La plata de Chañarcillo, que normalmente alimentaba la riqueza regional y el sistema monetario formal, fue convertida en una herramienta de insurrección. Gallo transformó fortuna minera en circulante rebelde. Convirtió patrimonio familiar en poder público. Y convirtió una moneda en señal de autonomía.
El peso no llevaba el retrato de Pedro León Gallo. No hacía falta. Su sola existencia hablaba de él.
Hablaba de su poder en Atacama, de su capacidad de mando, de su fortuna familiar, de su red de apoyos, de la adhesión de comerciantes, mineros, técnicos y soldados. Hablaba de una elite regional que no solo reclamaba reformas, sino que intentaba ejercer poder efectivo frente al Estado central.
La revolución tuvo triunfos iniciales. El Ejército Constituyente venció en la batalla de Los Loros, el 14 de marzo de 1859, y entró en La Serena. Pero la aventura terminó derrotada el 29 de abril, en Cerro Grande. Tras la derrota, los principales jefes partieron al exilio y el norte rebelde volvió a someterse al orden central.
Con la caída del movimiento llegó también el fin del peso Gallo.
El nuevo gobierno local actuó rápido. Según Ibáñez, el intendente Ambrosio Olivas decretó la prohibición de circulación de los “pesos llamados constituyentes”, sellados en Copiapó durante el gobierno revolucionario. Dio un plazo de 15 días para que las personas o casas que los habían emitido o hecho sellar los recibieran de sus tenedores y los retiraran de circulación. Los infractores serían sancionados con una multa de 50 pesos.
La orden afectó especialmente a particulares y casas comerciales que habían sido autorizados por el gobierno revolucionario para fabricar monedas destinadas a sus propias necesidades y compromisos. Terminada la guerra, la firma Escobar y Ossa mantenía 33 mil pesos constituyentes en su poder, y un señor Patrickson, 16 mil.
Las normas complementarias establecieron que las monedas debían ser fundidas en presencia de un ministro de fe. La medida cerró el ciclo político de la pieza: lo que para Copiapó había sido una moneda de necesidad, para el Estado vencedor pasó a ser una señal intolerable de autoridad rebelde.
Los afectados reclamaron luego por la calificación de “falsificadores” aplicada a quienes habían participado en la emisión. Su defensa era clara: la amonedación se había realizado en circunstancias extraordinarias, en una provincia industrial, bloqueada, en guerra y sin numerario para pagar empleados, obreros y tropas, además de contar con autorización de las autoridades revolucionarias.
Esa destrucción posterior explica en parte su rareza actual. La escasez del peso constituyente no depende solo de cuántas monedas se acuñaron, sino de cuántas lograron sobrevivir a la derrota política del proyecto que las creó.
Eso también explica su valor actual.
El mercado del peso constituyente es estrecho, con pocas ventas públicas al año y precios muy dependientes de conservación, certificación, variante y problemas superficiales. En remates recientes, ejemplares de 1 peso en conservaciones medias, tipo VF o XF, se han movido en torno a los US$400 a US$550, o cifras cercanas en euros. Piezas mejores, AU o certificadas por PCGS, han alcanzado rangos de US$600 a US$700. En la parte alta, un ejemplar excepcional certificado NGC MS62 y descrito como “top pop” llegó a US$1.400.
La media moneda de 50 centavos parece más rara y más cara. Ventas recientes han mostrado precios de US$1.000 para un ejemplar VF+ y hasta US$2.100 para otro 50 centavos constituyente. Esa diferencia ayuda a dimensionar la jerarquía de rareza dentro de la emisión copiapina.
Pero reducir el peso Gallo a su precio sería empobrecerlo. Su valor verdadero está en lo que condensa.
Es una moneda de necesidad, porque nació para enfrentar una crisis de circulante. Es una moneda de guerra, porque ayudó a pagar tropas y sostener abastecimientos. Es una moneda regional, porque fue acuñada en Copiapó con plata de Chañarcillo. Y es una moneda política, porque expresó la pretensión de autoridad de una provincia levantada contra el poder central.
También conviene no confundirla con otra emisión de Copiapó: la moneda obsidional de 1865, creada en un contexto distinto, durante el bloqueo español de Caldera y Copiapó. La de 1859 pertenece a la revolución de Gallo. La de 1865 responde a otra emergencia. Ambas hablan de crisis, pero no de la misma historia.
El peso constituyente es, en suma, una de las piezas más fascinantes de la numismática chilena del siglo XIX. No por su perfección técnica, sino por todo lo contrario: por su urgencia, su irregularidad, su tosquedad y su carga política.
Es una moneda que nació en una provincia en armas.
Una pieza que sobrevivió a la derrota, a la prohibición y a la fundición.
Una pequeña lámina de plata que todavía permite escuchar la voz de una rebelión.
En 1859, Pedro León Gallo no solo levantó un ejército contra el gobierno de Manuel Montt. También hizo circular una idea: que Atacama podía tener autoridad propia, recursos propios y moneda propia.

[…] El 5 de octubre de 1865 se constituyó en Copiapó una sociedad integrada por algunos de los nombres más relevantes del poder económico regional. Participaron Santiago Edwards, en representación de Edwards y Compañía; Emilio Escobar, por Ossa y Escobar; Telésforo Mandiola, por Mandiola e Hijos; Carlos Lamarca, por Lamarca y Compañía; y, a título personal, Eliodoro Gormaz, Felipe Santiago Matta y Pedro León Gallo. […]