Acuñada en La Serena en 1828, la moneda reemplazó “Santiago” por “Coquimbo” y dejó en plata una señal del poder minero regional en los primeros años republicanos.
Chile tuvo, por un breve período, dos casas de moneda.
Es un episodio poco conocido de la historia republicana. Además de la tradicional Casa de Moneda de Santiago, creada en el período colonial, existió una Casa de Moneda de Coquimbo, con sede en La Serena. Funcionó entre 1827 y 1830, en los primeros años de la República, cuando el país todavía estaba lejos de tener un sistema monetario plenamente centralizado.
La razón era concreta: Coquimbo tenía plata, pero Santiago tenía la ceca.
La provincia era una zona minera de enorme riqueza. Sin embargo, trasladar los metales desde el norte chico hasta la capital era costoso, lento y riesgoso. La distancia dificultaba la acuñación, encarecía el proceso y abría una alternativa que preocupaba al Estado: que los propietarios de minas optaran por exportar sus metales en pasta al extranjero, en lugar de transformarlos en moneda nacional.
La Casa de Moneda de Coquimbo nació para enfrentar ese problema. Buscaba acercar la acuñación a la zona productora, dar salida monetaria a la plata local y responder a una economía regional que no siempre podía esperar las soluciones de Santiago.
El libro Iconografía de monedas y billetes chilenos, del Banco Central, ubica este episodio dentro de un contexto más amplio: la falta de vías de comunicación, el largo proceso de la Guerra de Independencia, el incipiente federalismo regional y los problemas para trasladar minerales y circulante hicieron que algunas regiones acuñaran monedas fuera de la Casa de Moneda de Santiago. Ese fue el caso de Coquimbo, que tuvo una ceca propia entre 1827 y 1830.
Si Valdivia había acuñado monedas de emergencia en 1822 para enfrentar la falta de circulante y pagar a su guarnición, Coquimbo representó otro tipo de tensión: la de una región minera que tenía riqueza metálica, pero necesitaba una institucionalidad cercana para convertirla en moneda.
José Toribio Medina muestra que el Peso de Coquimbo no fue solo una rareza numismática. Fue el resultado de una disputa mayor. Por un lado, una provincia minera que producía plata y necesitaba acuñarla cerca de sus faenas. Por otro, la Casa de Moneda de Santiago, que defendía la uniformidad técnica del circulante y veía con recelo la apertura de una ceca regional.
En los documentos que reproduce Medina aparece el argumento central de Coquimbo: trasladar los metales a Santiago era costoso y riesgoso, lo que empujaba a los mineros a exportar la pasta metálica al extranjero. La Casa de Moneda regional buscaba evitar eso y fomentar la actividad minera local.
Pero la experiencia terminó chocando con Santiago. Tras los informes sobre la ley y el peso de las piezas, se ordenó que las monedas de Coquimbo no circularan, que fueran selladas y refundidas, y que los metales volvieran al circuito regular de acuñación en la capital.
De acuerdo con la literatura numismática, en la Casa de Moneda de Coquimbo se habrían realizado tres acuñaciones. La primera fue una moneda de 20 pesos, de la cual no se conservan piezas, porque la Casa de Moneda de Santiago las habría considerado de baja ley y ordenado su refundición. La segunda corresponde a una moneda de medio real, sobre la cual existe muy poca documentación demostrable. La tercera es la que transformó a Coquimbo en leyenda numismática: una moneda de un peso, acuñada en plata en 1828.
Ese Peso de Coquimbo es hoy una de las piezas más fascinantes de la numismática chilena.

La moneda mantiene el lenguaje visual del peso independiente. En una cara aparece el volcán en erupción, con la leyenda “Chile Independiente”, la denominación “Un Peso” y, bajo la montaña, la palabra “Coquimbo”. En la otra, la columna de la libertad coronada por una estrella, acompañada por la inscripción “Unión y Fuerza” y el año 1828.
La diferencia parece mínima, pero es decisiva. Donde el peso acuñado en la capital decía “Santiago”, esta pieza decía “Coquimbo”. No era solo una marca geográfica. Era una señal regional grabada en plata.
El Banco Central identifica un ejemplar de un peso de Coquimbo acuñado en La Serena en 1828, en plata, de 42,5 milímetros de diámetro, perteneciente a su colección. Su diseño seguía el modelo del peso republicano acuñado en Santiago, pero con pequeñas diferencias en el cuño y con la inscripción “Coquimbo” en la parte inferior del volcán, reemplazando a “Santiago”.
La iconografía aludía a las ideas republicanas de la época. El volcán en erupción representaba la naturaleza telúrica del territorio chileno. La columna de la libertad, la estrella, los laureles y las inscripciones republicanas formaban parte del lenguaje visual con que la nueva República buscaba reemplazar los símbolos de la monarquía española.
La moneda era nacional en sus símbolos, pero regional en su origen.
Esa es su gracia.
El Peso de Coquimbo muestra un momento en que el Estado chileno todavía estaba en construcción. El centro buscaba uniformar el circulante, pero las regiones tenían problemas materiales concretos: caminos difíciles, producción minera, escasez de moneda y necesidad de operar económicamente sin depender completamente de Santiago.
En el anverso aparecen además las iniciales “T.H.”, correspondientes al ensayador Theodor Hagen, encargado de analizar y asegurar la ley de los metales. Ese dato recuerda que una moneda no es únicamente diseño. También es confianza: peso, ley, metal, cuño y autoridad.

La Casa de Moneda de Coquimbo tuvo una vida corta. Fue clausurada en 1830 por el Congreso, al no alcanzar los estándares exigidos por la Casa de Moneda de Santiago. Sus acuñaciones quedaron como piezas excepcionales dentro de la historia monetaria chilena: una tentativa regional nacida de la minería y la distancia, pero que no logró imponerse frente al modelo centralizado.
Ahí comienza también el misterio.
La casa de subastas Heritage ha descrito al Peso de Coquimbo como “una de las monedas más intrigantes de América Latina”. La definición no parece exagerada. Durante décadas, la pieza ha sido objeto de discusiones entre especialistas y coleccionistas. Parte de ese debate se relaciona con la existencia de dos tipos reconocidos de esta emisión. Algunos los denominan tipo “A” y tipo “B”; otros, “fino” y “crudo”.
Según la descripción de Heritage, el tipo “A” es considerado incuestionablemente auténtico y acuñado en la década de 1820. Incluso se registra que una pieza de ese tipo fue donada al Banco de Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX. En cambio, el tipo “B”, también llamado “crudo”, ha generado debates sobre su originalidad.
Esa discusión ha aumentado el interés por la moneda. No se trata solo de una pieza escasa, sino de una moneda rodeada de preguntas: cuántas se acuñaron, cuántas sobrevivieron, qué variantes son plenamente aceptadas y qué lugar ocupan dentro de la historia monetaria chilena.
Heritage también ha destacado que se produjeron muy pocos ejemplares en la Casa de Moneda de Coquimbo, en parte por los rechazos burocráticos desde Santiago. Esa escasez la convirtió en una pieza deseada por coleccionistas de monedas latinoamericanas y mundiales.
Como referencia de mercado, la misma casa de subastas consignó que un ejemplar de la colección Millennia, graduado MS64 por NGC, alcanzó US$138.000 en mayo de 2008.
Ese dato permite entender su aura. El Peso de Coquimbo no es solo una moneda antigua. Es una pieza rara, discutida, difícil de conseguir y apreciada fuera de Chile.
Su interés llega hasta el presente. En 2017, un socio de la Asociación Numismática de Chile consultó al Banco Central sobre la posibilidad de fabricar una réplica del Peso Coquimbo de 1828.
En su solicitud describió la pieza como una moneda de plata de unos 40 milímetros de diámetro, cerca de 27 gramos de peso y ley 0,900, y explicó que su objetivo era acercarla a coleccionistas que difícilmente podrían acceder a un ejemplar original.
La respuesta del Banco Central fue cautelosa. Señaló que no le correspondía autorizar ni visar ese tipo de proyectos, y que tampoco asumía responsabilidad por eventuales consecuencias jurídicas derivadas de su elaboración, circulación o comercialización.
El episodio muestra que, casi dos siglos después de su acuñación, el Peso de Coquimbo sigue siendo una pieza sensible. Incluso su réplica abre preguntas legales, justamente porque se trata de una moneda con historia, valor y un lugar especial dentro del coleccionismo.
La Casa de Moneda de Coquimbo desapareció, pero dejó una huella. Durante un breve período, Chile tuvo dos centros de acuñación: uno en Santiago, heredero de la tradición colonial y convertido en eje del nuevo Estado; otro en La Serena, nacido de la plata, la distancia y la necesidad de una región minera.
El Peso de Coquimbo sobrevivió como testimonio de ese momento. Una moneda que recuerda que la historia monetaria chilena no se escribió solo desde la capital. También se acuñó, aunque por poco tiempo, desde el norte chico.
Y quizás por eso sigue intrigando. Porque en esa palabra grabada bajo el volcán —“Coquimbo”— no solo aparece el nombre de una región. Aparece una pregunta que acompañó a la República desde sus primeros años: cuánto poder podía tener el centro y cuánto espacio podían reclamar las regiones en la construcción del país.
