Las monedas de Valdivia de 1822: el dinero de emergencia que Santiago mandó fundir
Acuñadas a golpe de martillo por falta de circulante, estas piezas buscaron reactivar el comercio y pagar a la guarnición local. La Casa de Moneda las reprobó por cuño, peso y ley, pero algunas viven.
Valdivia, 1822. La independencia chilena ya se había declarado, pero la República todavía estaba lejos de controlar plenamente su territorio, sus caminos y su dinero.
En Santiago se acuñaban los nuevos símbolos republicanos. Pero en el sur, la realidad era otra: aislamiento, guerra, falta de circulante y una economía local paralizada. La ciudad necesitaba plata para comprar, vender, pagar sueldos y sostener a la guarnición. Y como el dinero no llegaba, decidió fabricarlo.
Así nacieron las monedas de Valdivia de 1822.
No fueron monedas normales. Fueron monedas de necesidad. Piezas acuñadas en una situación de emergencia, lejos de la Casa de Moneda de Santiago y al margen del circuito regular de emisión. Su existencia muestra algo que a veces se pierde en los relatos oficiales de la Independencia: la República no nació ordenada, centralizada y con pleno control de su circulante. También se improvisó.
En la literatura numismática, la obra de José Toribio Medina ayuda a ubicar estas piezas dentro de las llamadas monedas de necesidad: emisiones creadas en una emergencia por falta de circulante.
El contexto era complejo. Valdivia había sido tomada por las fuerzas patriotas en 1820, pero seguía siendo un punto estratégico, militarmente sensible y difícil de abastecer. En noviembre de 1821, el teniente coronel Jorge Beauchef fue enviado desde Valparaíso a bordo de la fragata Lautaro para sofocar una sublevación de la guarnición local, en la que habían muerto el gobernador y siete soldados. Beauchef restableció la disciplina entre las tropas y luego quedó asociado a la defensa de la ciudad.
A esa tensión militar se sumaban dificultades económicas. Reunidas en Junta General, las corporaciones de la ciudad enfrentaron un problema urgente: no había circulante para atender los servicios locales, el comercio estaba paralizado y era necesario pagar a la guarnición comandada por Beauchef. Según el relato de Reinaldo Rojas Godoy, publicado en el anuario de la Asociación Numismática de Chile, el 3 de enero de 1822 se acordó solicitar a los vecinos cerca de 4.000 onzas de plata para acuñarlas localmente.
El gobernador interino de Valdivia, Rafael Pérez de Arce, comisionó a Antonio Adriazola para realizar la acuñación. De ese esfuerzo salieron tres denominaciones: un peso fuerte, dos reales y un real.
Chumimpas
La acuñación de estas monedas tuvo lugar en el año 1822 en el Fundo Chunimpa, propiedad de la familia Adriazola en ese entonces, ubicada en Mariquina. Por esta razón, estas monedas recibieron el nombre de “chunimpanas” o “chumimpas”, una denominación popular que las aleja del lenguaje solemne de la Casa de Moneda y las acerca a la urgencia local que les dio origen.
La acuñación habría continuado después para cancelar los salarios de los llamados “chumimpanes”, nombre que habrían recibido los revolucionarios de aquella región pagados con esta moneda.

El libro Iconografía de monedas y billetes chilenos, del Banco Central de Chile, ubica estas piezas dentro del problema mayor de la falta de circulante en los primeros años republicanos.
Por la distancia y la escasez de dinero, señala la publicación, se acuñaron monedas en Valdivia manteniendo el símbolo de la columna de la libertad e incluyendo las iniciales V.A.. La ficha del Banco Central identifica una pieza de ocho reales, acuñada en plata en 1822, con 39,5 milímetros de diámetro.
La iconografía era republicana. Estas monedas, acuñadas a golpe de martillo, presentaban la columna de la libertad con tres estrellas, siguiendo el escudo diseñado por Ignacio de Andía y Varela en 1819. Ese diseño se vinculaba a los primeros símbolos de la Independencia y a una idea de soberanía naciente.
En el anverso aparecía la columna con un globo ovalado en la cúspide. Sobre ella, una estrella de seis puntas que representaba a Santiago. A ambos lados, otras dos estrellas aludían a Concepción y Coquimbo, las provincias en que se dividía el país en ese momento. En el reverso se indicaba el valor —8 reales, 2 reales o 1 real—, las iniciales V.A., por Valdivia, y el año 1822.
La columna de la libertad no era un adorno. Era uno de los grandes símbolos de la nueva República. Había aparecido en los primeros emblemas patrios y en las monedas del período independentista. En Valdivia, sin embargo, ese símbolo tuvo una función más urgente: dotar de legitimidad republicana a una moneda nacida en medio de la precariedad.
Ahí está la paradoja. Estas piezas hablaban el lenguaje de la independencia, pero fueron producidas en condiciones casi artesanales. Eran republicanas en su iconografía, pero irregulares en su fabricación. Tenían el símbolo de la libertad, pero no necesariamente la ley, el peso ni el cuño que exigía la autoridad monetaria.

El problema llegó pronto a Santiago. El 26 de marzo de 1822, el ministro de Hacienda José Antonio Rodríguez Aldea envió muestras de las tres monedas para su análisis y solicitó un informe al superintendente de la Casa de Moneda.
La respuesta llegó al día siguiente. El 27 de marzo de 1822, José Santiago Portales Larraín, superintendente de la Casa de Moneda, entregó un informe lapidario sobre las piezas que circulaban en Valdivia.
Según el análisis citado por Rojas Godoy, las monedas tenían problemas de ley y de peso. La plata presentaba 46 granos menos de fino que lo exigido para el circulante republicano: en vez de aproximarse a una ley de 0,900, quedaba cerca de 0,740. El peso fuerte, que debía tener 542 granos, pesaba solo 428. La moneda de dos reales también estaba por debajo de su peso esperado. El real, en cambio, presentaba exceso de peso.
La conclusión fue dura: por su cuño, por su ley y por su peso, la moneda debía ser reprobada, recogida y fundida. La frase más notable del informe es que no debía permitirse que quedara algún ejemplar “ni aún para la memoria”.

Esa orden resume la tensión de la época. Para Santiago, esas monedas eran malas piezas: defectuosas, irregulares y peligrosas para el orden monetario que se intentaba construir. Para Valdivia, en cambio, eran una respuesta práctica a una necesidad inmediata. El comercio estaba paralizado y la guarnición debía ser pagada.
La República necesitaba uniformidad monetaria. Las regiones necesitaban sobrevivir.
Bernardo O’Higgins ordenó retirar la emisión y mandó ensayar las piezas para devolver su justo valor en moneda legal. Un documento del 19 de agosto de 1822, citado por Rojas Godoy, instruyó remitir a la Tesorería de Valdivia 3.583 pesos y 4 reales en sencillo, para que se cambiara y recogiera la moneda provincial, y luego fuera enviada a la Tesorería General y a la Casa de Moneda.
Pero el problema no terminó ahí. Según el mismo artículo, la falta de circulante continuó y la acuñación habría seguido hasta llegar a 20.000 pesos. En esa etapa aparecen piezas con un resello rectangular con las letras AP DL VA.
Ese resello ha sido interpretado como “Año Primero de la Libertad Valdiviana”. El detalle es notable: en una moneda nacida por falta de circulante apareció también una afirmación política local. No era solo plata acuñada para pagar sueldos o mover el comercio. Era una marca de pertenencia de una ciudad recién incorporada a la República.
Las características de esas monedas muestran la precariedad de su fabricación. En el caso de los ocho reales, el módulo podía variar entre 37 y 39 milímetros, y su peso entre 11 y 17,1 gramos. Los dos reales tenían módulo variable entre 25 y 26 milímetros, con peso entre 3,40 y 5,10 gramos. El real medía entre 21 y 22 milímetros, con peso entre 2,09 y 3,50 gramos. La irregularidad no era un detalle menor: era parte del problema que Santiago buscaba corregir.
La historia siguió por más de una década.
El 25 de octubre de 1832, bajo el gobierno de Joaquín Prieto y con Manuel Rengifo como ministro, se ordenó cambiar la moneda provincial en las tesorerías de Valdivia a razón de tres reales por cada peso. Es decir, los 20.000 pesos de moneda provincial se cambiaban por 7.500 pesos. Después de ese canje, quienes siguieran usando esas piezas quedarían sometidos a las leyes aplicables a los falsificadores.
Un año más tarde, el 25 de octubre de 1833, se reiteró la prohibición absoluta de circulación, nuevamente bajo pena de falsificadores. Lo que había nacido como una solución de emergencia terminó convertido en un problema monetario que el Estado buscó eliminar por completo.
Por eso las monedas de Valdivia son tan interesantes. No son piezas perfectas ni producto de una emisión ordenada. Son documentos de una emergencia. Muestran un país en construcción, con un centro que intentaba imponer normas y una periferia obligada a improvisar soluciones.
También revelan otra dimensión de la Independencia. La ruptura con la monarquía no fue solo política o militar. También fue monetaria. Había que retirar símbolos españoles, reemplazar cuños, asegurar ley y peso, crear confianza y hacer circular dinero en un territorio fragmentado. En ese proceso, la falta de moneda divisionaria y de circulante fue un problema constante.
El libro del Banco Central recuerda que la ausencia de moneda menor generó consecuencias cotidianas. La escritora inglesa Maria Graham, que observó Chile en 1822, escribió que los cuartillos eran tan escasos que solo había visto tres desde abril, y que la moneda de menor valor era el medio peso. Esa falta de cambio motivó incluso la circulación de vales en tiendas minoristas.
En ese paisaje económico se entiende mejor lo que ocurrió en Valdivia. No fue una excentricidad numismática. Fue una respuesta local a un problema nacional: no había suficiente dinero para que la economía funcionara.
El destino de esas monedas las hizo aún más singulares. La autoridad recomendó recogerlas y fundirlas. No quería que quedaran ni como recuerdo. Pero algunas sobrevivieron. Y hoy, justamente, son memoria.

Ese es el giro más potente de esta historia. Las monedas que Santiago quiso borrar terminaron convertidas en piezas de colección y testimonio histórico. Su valor ya no está solo en la plata, ni en su rareza, ni en el interés de los numismáticos. Está en lo que cuentan: la historia de una ciudad aislada que, en medio de la urgencia, decidió acuñar su propio dinero.
La orden era que no quedara ningún ejemplar “ni aún para la memoria”. Pero algunas piezas sobrevivieron. Y esa supervivencia tiene hoy valor de mercado: un 8 reales de Valdivia de 1822, certificado por NGC en grado XF45, fue vendido por Heritage Auctions el 27 de agosto de 2025 por US$14.400; un 2 reales, certificado por NGC en grado XF 40, alcanzó US$2.280 en la subasta Sedwick Treasure Auction 28, en noviembre de 2020; y un 1 real, certificado por ANACS como VF30 Details, fue vendido por Heritage Auctions el 18 de abril de 2011 por US$805. Lo que Santiago quiso fundir terminó convertido en objeto de colección.
Las monedas de Valdivia de 1822 son imperfectas, irregulares y discutidas. Pero por eso mismo son valiosas. Porque muestran la República en su momento más vulnerable: cuando todavía no bastaba con proclamar independencia, diseñar escudos o acuñar ideales. Había que pagar soldados, mover el comercio y hacer que la vida cotidiana siguiera funcionando.

