La moneda de 100 pesos oro que esperaba a los primeros clientes del Banco Central
El 11 de enero de 1926, el instituto emisor abrió en Ahumada con Agustinas con monedas de cien pesos oro -diez cóndores- disponibles para demostrar la convertibilidad de sus billetes. La primera entregada fue para Arturo Alessandri.
A las 8:30 de la mañana del lunes 11 de enero de 1926, el Banco Central de Chile abrió por primera vez sus puertas al público. Lo hizo a dos cuadras del edificio que hoy ocupa en Agustinas con Morandé: comenzó a funcionar en un local arrendado del antiguo Banco Santiago, en la esquina de Ahumada con Agustinas, en una parte del inmueble conocido como Edificio Unión Central.
La nueva institución llevaba varios meses organizándose. Había sido creada en agosto de 1925 como parte de las reformas impulsadas tras la visita a Chile de la Misión Kemmerer. Su tarea era estabilizar la moneda, regular el circulante y terminar con un régimen en que la emisión de papel fiscal había alimentado décadas de controversias entre partidarios del billete y defensores de la convertibilidad metálica.
Por eso, el primer día no bastaba con abrir las cajas. El Banco debía demostrar que sus billetes podían transformarse en oro.

Una crónica publicada por La Nación el 12 de enero de 1926 permite reconstruir cómo funcionaron las cajas durante aquella primera jornada.
La Caja A recibió los aportes que debían integrar los bancos accionistas y la Caja B hizo lo mismo con los accionistas particulares de la clase D.
Las otras dos atendieron directamente al público: la Caja C quedó “encargada del canje del billete fiscal por circulante en oro”, mientras la Caja D cambió los antiguos billetes fiscales por los nuevos billetes del Banco Central.
El oro, por tanto, no era una exhibición ceremonial: tenía una ventanilla especialmente destinada a poner a prueba la convertibilidad.
Ocho millones de pesos preparados para la apertura
En los días anteriores existía preocupación ante la posibilidad de que el público acudiera masivamente a retirar metal para atesorarlo. Según informó La Nación el 3 de enero de 1926, la Casa de Moneda trabajaba activamente para que el Banco Central dispusiera durante la apertura de ocho millones de pesos en monedas de oro de cien pesos.
Eran unas 80.000 piezas preparadas para responder a una eventual demanda. No correspondían a la acuñación completa del año: el catálogo numismático de Rafael Toro registra 678.000 monedas fechadas en 1926.
La moneda era una de las tres piezas de oro autorizadas por el Decreto Ley N.º 606 de 1925, junto con las denominaciones de 20 y 50 pesos. La de cien pesos equivalía a diez cóndores, pesaba 20,33966 gramos, tenía una ley de 900 milésimos y contenía 18,30570 gramos de oro fino. Su diámetro era de 31 milímetros y el canto era estriado.

En el anverso aparecía el busto de una mujer que representaba a la República, con peinado griego, corona de laurel y una estrella de cinco puntas en el vestido. En el reverso figuraban el escudo nacional y las leyendas “100 Ps.”, “CIEN PESOS” y “DIEZ CÓNDORES”. El libro institucional La emisión de dinero en Chile identifica las piezas de 20, 50 y 100 pesos de 1926 como las primeras monedas de oro acuñadas para el Banco Central.
La primera moneda entregada fue para Arturo Alessandri
La afluencia de público fue considerable, pero la temida corrida no ocurrió. Al día siguiente, El Mercurio describió siete u ocho cajas atendiendo a personas que cambiaban sus billetes por monedas de oro de cien pesos o por billetes fiscales retimbrados con la intervención del Banco Central.

El periódico agregó el detalle que convirtió esa jornada en una historia numismática: la primera moneda de cien pesos entregada en el Banco Central fue para el expresidente Arturo Alessandri, según Camilo Carrasco en Banco Central de Chile 1925-1964: una historia institucional.
Su presencia no era casual. El exmandatario integraba el Directorio como representante de los accionistas particulares de la serie D y había impulsado políticamente la creación del Banco. La Nación publicó ese mismo 11 de enero declaraciones en las que Alessandri vinculaba la inauguración con sus mensajes presidenciales de 1920, 1921, 1922 y 1923. A su juicio, el instituto emisor permitiría normalizar el desarrollo financiero, estabilizar la moneda y aumentar la confianza del comercio y la industria.
El Acta de Directorio N.º 9 confirma que Alessandri asistió a la sesión celebrada durante el día inaugural.
El acuerdo que puso oro en las cajas
La misma acta permite conocer por qué el Banco tenía monedas disponibles para sus primeros clientes. Bajo el título “Canje a oro”, el Directorio dejó constancia de una discusión que dividió a sus integrantes.

Pedro Torres era contrario a lanzar oro a la circulación. Argumentó que la incertidumbre internacional y política, las alteraciones del mercado y el déficit de la Hacienda Pública aconsejaban conservarlo como reserva. Utilizarlo como circulante podía ocultar una contracción monetaria y terminar perjudicando al país.
Maximiliano Ibáñez sostenía lo contrario. Consideraba inconveniente pagar exclusivamente mediante letras sobre Londres o Nueva York. El público necesitaba comprobar dentro de Chile que el billete era convertible y, a su juicio, solo la posibilidad de recibir oro podía producir la confianza necesaria para evitar el atesoramiento.
Guillermo Subercaseaux propuso una fórmula intermedia: mantener el billete como medio habitual, enviar la mayor parte de los fondos de conversión al exterior, pero reservar una pequeña cantidad de monedas para los canjes.
Carlos Van Buren añadió una consideración especialmente reveladora. A su juicio, las personas humildes difícilmente comprenderían qué significaba recibir una letra pagadera en el extranjero. Para ellas, la prueba de la convertibilidad debía ser material: había que entregarles oro en una proporción prudente para generar confianza.
Después de escuchar las distintas posiciones, el presidente Ismael Tocornal resumió el criterio del Consejo. El Directorio confió en su discreción y en la del gerente general, Aureliano Burr, para que “efectúen el canje de billetes por oro amonedado cuando las solicitudes sean moderadas”, mientras las peticiones por grandes sumas serían atendidas mediante letras pagaderas en el extranjero.
La decisión explica por qué una persona podía acudir a la caja y solicitar una sola moneda, pero el Banco no quedaba obligado a vaciar sus existencias frente a un retiro de gran magnitud. No se trataba de una entrega gratuita ni automática: era un sistema de convertibilidad controlada.
Una moneda para conservar como recuerdo
Durante el primer día se canjearon aproximadamente $240.000 en oro, según las cifras de prensa que aparacen en el libro de Carrasco. El Diario Ilustrado observó que la mayoría de los interesados pedía una sola moneda.
La anécdota más expresiva fue protagonizada por el exministro Miguel Letelier. Al llegar hasta las cajas, un conocido le preguntó qué hacía allí. “Vengo a ver si todo esto es verdad”, respondió, según relató El Mercurio.
La frase resumía el sentido de la jornada. Después de años de papel moneda e intentos fallidos de conversión, el público quería comprobar con sus propios ojos que la promesa era real.
En la primera semana entró más oro del que salió
El resultado de los primeros días fue publicado por La Nación el 19 de enero de 1926, a partir de información proporcionada directamente por la Gerencia del Banco Central.
Durante la primera semana se retiraron de circulación $26.541.890 en billetes fiscales. La mayor parte fue reemplazada por billetes del nuevo instituto emisor y solamente $990.000 se canjearon por monedas de oro de nuevo cuño. En sentido contrario, ingresaron a las cajas del Banco más de $6 millones en oro.
El balance indicó que la institución mantenía $207,2 millones en oro y $207,7 millones en depósitos a la vista en el exterior, frente a responsabilidades por $388,3 millones. Con ello informaba una reserva de 106,83%.
Los datos confirmaban que no se había producido una corrida. El oro depositado superaba ampliamente al retirado, como había declarado Tocornal a La Nación pocos días antes.
El oro siguió bajo observación
La apertura no terminó con las controversias. El 29 de enero, La Nación publicó declaraciones de Tocornal y Burr destinadas a responder un artículo de Agustín Ross aparecido en La Unión de Valparaíso.
Ross habría afirmado que el Banco había enviado $200 millones en oro al extranjero. Tocornal respondió que la cantidad efectiva era de $80 millones, remitidos a Nueva York para su posterior traspaso a Londres. Defendió la operación y sostuvo que la supervivencia del régimen de oro dependía de dos condiciones: que el Gobierno redujera sus gastos y financiara sus presupuestos, y que el Banco actuara estrictamente dentro de la ley.
La discusión demuestra hasta qué punto cada movimiento del metal era vigilado. El oro no era solo una reserva: era la medida pública de la credibilidad del nuevo Banco Central.
El peso de la historia
La moneda de cien pesos que recibió Arturo Alessandri concentra buena parte de la historia económica chilena de comienzos del siglo XX. Fue acuñada durante el regreso al patrón oro, entregada al dirigente que impulsó la creación del instituto emisor y puesta en circulación bajo una regla cuidadosamente acordada para conciliar confianza y prudencia.
El primer día del Banco Central, el valor de sus billetes todavía no podía descansar únicamente en la autoridad de la institución. Había que demostrarlo ante las cajas. La confianza tenía un peso de 20,33966 gramos, el brillo del oro y un valor grabado de diez cóndores.

