Mientras el gobierno de José Manuel Balmaceda ordenaba emitir millones de pesos desde Santiago, el norte salitrero controlado por los congresistas durante la Guerra Civil de 1891 recurrió a billetes municipales, vales ferroviarios y papeles particulares.
Hace unas semanas salió a remate un álbum poco común. Su portada anuncia una “Colección de billetes de banco, vales municipales, vales de los ferrocarriles salitreros, vales y fichas de particulares”, emitidos en Iquique entre el 10 de marzo y el 28 de agosto de 1891.
La última fecha no pudo ser más simbólica. El 28 de agosto se libró la batalla de Placilla, el enfrentamiento que destruyó la capacidad militar del gobierno de José Manuel Balmaceda y dejó expedito el triunfo de la revolución congresista.
El álbum fue preparado en Iquique por el establecimiento de Rafael Bini. Entre sus páginas aparecen billetes, vales comerciales, boletos ferroviarios y un desplegable con retratos de dirigentes revolucionarios. La casa Al Sur del Mundo lo incluyó como el lote 1218 de su novena subasta, realizada a fines de agosto de 2026, con una estimación de entre US$8.000 y US$12.000. Lo describió como una pieza de extrema rareza, con muy pocos ejemplares conocidos en colecciones públicas y privadas.
Detrás de sus papeles de distintos tamaños y colores hay una pregunta escasamente abordada al contar la Guerra Civil de 1891: ¿con qué dinero funcionaba el territorio controlado por la revolución?
Un país dividido y dos sistemas de emisión
La guerra civil estalló en enero de 1891, después de que el Congreso y el presidente Balmaceda rompieran definitivamente sus relaciones. La sublevación de la escuadra permitió que los opositores al mandatario se apoderaran progresivamente de las provincias salitreras de Tarapacá, Antofagasta y Atacama. El 12 de abril constituyeron en Iquique una Junta de Gobierno encabezada por el capitán de navío Jorge Montt.
Desde entonces coexistieron dos autoridades que necesitaban recaudar, pagar remuneraciones, comprar suministros y mantener en movimiento los territorios bajo su control. Esa división política y militar también tuvo una expresión monetaria.
El libro La emisión de dinero en Chile. Colección de monedas y billetes del Banco Central de Chile, publicado por el instituto emisor en 2005, señala que el bando congresista autorizó en Iquique la impresión de billetes provisionales por instituciones que no eran bancos, como la Municipalidad y The Nitrate Railways Company.

Mientras eso ocurría en el norte, agrega la publicación, el gobierno de Balmaceda ordenó en Santiago una emisión de 35 millones de pesos en papel y metálico. De esa suma, solo 21,5 millones fueron puestos efectivamente en circulación.
No se trataba, por tanto, de una moneda revolucionaria única ni de un banco central alternativo. Lo que surgió en el norte fue una constelación de papeles emitidos por entidades públicas, empresas ferroviarias, salitreras, bancos y comercios. Su elemento común era responder a las necesidades de una economía que había quedado separada de Santiago por la guerra.
Los pesos del ferrocarril salitrero
Entre las emisiones mejor documentadas están las de The Nitrate Railways Company Limited. La colección del Banco Central conserva billetes de 1, 2, 5 y 10 pesos, todos fechados en 1891, y los identifica expresamente como “billetes hechos circular por el bando congresista en Iquique, durante la Guerra Civil de 1891”.
El de un peso lleva la fecha “Iquique, 1.º de mayo de 1891”. En su centro aparece una locomotora y, bajo ella, una instrucción dirigida al cajero del ferrocarril para que pague la cantidad indicada al portador. Los otros tres cortes conservan la misma estructura, pero utilizan colores diferentes: rojo anaranjado para los dos pesos, verde para los cinco y café para los diez.
No eran billetes bancarios en el sentido habitual. Eran órdenes de pago emitidas por una compañía ferroviaria y aceptadas como medio de intercambio. Los ejemplares del Banco Central llevan número de serie y firma del representante de la empresa; el de diez pesos, además, aparece cruzado con un timbre de cancelación. Esos elementos permiten distinguirlos de las pruebas de imprenta que nunca llegaron a completarse.
En el margen izquierdo de los billetes se lee el nombre del impresor: Rafael Bini. La atribución, por tanto, no depende únicamente de catálogos posteriores. Está impresa en los propios papeles.

Rafael Bini y el catálogo de una economía de emergencia
El álbum fotografiado por la cuenta Santiago Nostálgico permite asomarse a la variedad de encargos que llegaron al taller de Bini durante aquellos meses. Además de los billetes ferroviarios y municipales, contiene vales preparados para comerciantes, panaderías, hoteles, sociedades mineras y empresas salitreras.
Algunos son rudimentarios: pequeños rectángulos que prometen entregar 10, 20 o 50 centavos al portador. Otros exhiben diseños más elaborados, fondos de seguridad, escudos, locomotoras y espacios para números de serie y firmas. Hay papeles de Zanelli Hermanos; de la Sociedad Internacional Minera y Beneficiadora de Huantajaya; del Hotel de France et d’Angleterre; de pastelerías y panaderías; y de la oficina de Pisagua del Banco de Valparaíso.
El álbum, sin embargo, debe leerse con cuidado. No todo lo que contiene necesariamente llegó a circular. Varias piezas están sin numerar y carecen de las firmas de los responsables, por lo que parecen pruebas, muestras o formularios no emitidos. El volumen demuestra que fueron diseñados e impresos, pero no basta por sí solo para establecer que cada uno fue aceptado como dinero.
Esa característica se relaciona con el propósito de estos libros. De acuerdo con la descripción conservada por coleccionistas, Bini reunió muestras de sus trabajos como presentación comercial o recuerdo de lo producido durante la revolución. Los volúmenes conocidos son parecidos, pero no idénticos: su contenido dependía de los ejemplares que el impresor tuviera disponibles al momento de armarlos.
Sobre Rafael Bini se conoce mucho más por sus impresos que por su biografía. Su actividad, en todo caso, no terminó con la guerra civil. La razón social R. Bini e Hijos continuaba trabajando al menos en 1904, cuando imprimió Iquique desde su fundación hasta nuestros días: recopilación histórica, comercial i social, de Juan de Dios Ugarte Yávar, obra mencionada por el historiador Carlos Donoso en su estudio sobre las fuentes raras y valiosas para la historia de Iquique.

El dinero municipal alcanza reconocimiento oficial
La Municipalidad de Iquique fue otro de los emisores durante la guerra civil. Sus billetes prometían el pago al portador por la Tesorería Municipal, generalmente sin intereses y dentro de un plazo determinado. Sobreviven ejemplares de distintas denominaciones, algunos de ellos sin numerar y probablemente preparados como muestras.

Pero en este caso existe un antecedente que va más allá de las piezas conservadas. Una disposición de Hacienda del 10 de julio de 1891 ordenó que las tesorerías fiscales del territorio controlado por los congresistas recibieran los billetes de la Municipalidad de Iquique como dinero en sus operaciones. Aquello les concedía una aceptación oficial dentro de la zona revolucionaria.
El dato resulta fundamental. La municipalidad no estaba simplemente imprimiendo fichas para uso interno: al menos parte de sus billetes fue incorporada al circuito de pagos fiscales del gobierno congresista.
El peso de plata que Medina atribuyó a la Junta
La experiencia revolucionaria no se limitó al papel. José Toribio Medina incorporó en Las monedas chilenas, publicado en 1902, una misteriosa pieza de plata que llevaba en una cara la inscripción “Tarapacá 1891” y, en la otra, “Un peso, 25 gr., 620 fino”.
Medina escribió que la Junta Revolucionaria establecida en Iquique durante la guerra civil había ordenado fabricar esos pesos en la Fundición del Morro. Según los testimonios que consiguió, se acuñaron apenas entre 50 y 60 piezas porque el procedimiento resultó demasiado costoso. El propio investigador reconoció que no encontró documentos oficiales sobre la emisión y que reconstruyó el episodio mediante informantes de la época. También señaló que poseía uno de los ejemplares.
La moneda, por consiguiente, exige una atribución cuidadosa: Medina documentó su existencia y recogió la versión sobre su origen, pero no pudo respaldarla con la orden original de la Junta. Los escasos ejemplares supervivientes confirman que la pieza fue fabricada; lo que continúa abierto es la historia administrativa completa de su acuñación.
Su sola existencia muestra, sin embargo, hasta dónde llegó la búsqueda de medios de pago en el norte revolucionario: desde modestos vales de veinte centavos hasta el intento de producir un peso propio de plata.

Una solución conocida frente a la escasez
Chile ya había recurrido al papel local antes de 1891. El mismo libro del Banco Central recuerda que, a fines de la década de 1830, casas comerciales de los distritos mineros de Coquimbo emitieron vales para pagar a sus trabajadores ante la falta de moneda. La práctica se extendió hasta que el gobierno prohibió esos instrumentos en 1839 por considerarlos ilegales.
En Valdivia ocurrió algo diferente. Allí fueron las autoridades provinciales las que emitieron vales pagaderos al portador y respaldados por la Aduana y Tesorería Unidas. El Banco Central conserva piezas de cuatro reales de 1840 y ocho reales de 1844, utilizadas para pagos y transacciones comerciales.
El precedente permite comprender lo sucedido medio siglo después. Cuando escaseaba la moneda oficial, empresas o autoridades locales creaban instrumentos destinados a mantener los intercambios. La particularidad de 1891 fue que esa necesidad se produjo en medio de una guerra civil, dentro de provincias controladas por un poder político que desconocía al gobierno de Santiago.
El papel del bando derrotado
La victoria de los congresistas no terminó inmediatamente con el papel moneda. Sí planteó qué hacer con las emisiones ordenadas por Balmaceda.
El 2 de febrero de 1892, una ley dispuso retirar de circulación los billetes al portador emitidos por el gobierno derrotado. También autorizó al Presidente de la República a contratar préstamos por hasta 21 millones de pesos para pagar esas emisiones en oro. Las monedas de plata fabricadas durante el gobierno anterior, en cambio, continuaron vigentes.
Ese desenlace corrige una posible intuición: no fueron los billetes de la revolución los que quedaron automáticamente sin valor después de la caída de Balmaceda. El bando que los había permitido era el vencedor. El dinero expresamente condenado al retiro fue el emitido por el gobierno derrotado.
El destino posterior de cada vale municipal, ferroviario o particular debió depender de su emisor, de las condiciones impresas en el papel y de su eventual canje. Pero durante algunos meses de 1891 todos ellos formaron parte de una experiencia excepcional: un territorio en guerra que produjo sus propios medios de pago mientras disputaba el control del país.
El álbum de Rafael Bini sobrevivió como inventario de aquella economía improvisada. Sus páginas recuerdan que las guerras no solo se libran con barcos, fusiles y soldados. También se disputan en las tesorerías, en los mostradores y en las imprentas capaces de convertir una hoja de papel en dinero aceptado por otros.















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