Antes de convertirse en uno de los artífices del Estado chileno y en el rostro del billete de cien pesos, Diego Portales fue ensayador de la Casa de Moneda. Entre 1817 y 1821, su inicial quedó grabada junto a la de su maestro en pesos de plata y ocho escudos de oro: una firma técnica que certificaba la pureza del metal.
En algunas de las primeras monedas acuñadas por Chile después de la Independencia hay una huella diminuta de Diego Portales. No es un retrato ni una inscripción con su nombre. Son apenas dos letras —“FD”— grabadas en el campo de pesos de plata y piezas de ocho escudos de oro fabricadas en Santiago entre 1817 y 1821.
La “F” correspondía a Francisco Rodríguez Brochero, ensayador de la Casa de Moneda y maestro de Portales. La “D”, según la documentación numismática disponible, era la inicial de Diego Portales.
Décadas antes de transformarse en una de las figuras decisivas de la organización política chilena, y 159 años antes de aparecer en el anverso del billete de cien pesos emitido en 1976, Portales ya estaba presente en el dinero nacional. Su primera aparición, sin embargo, no celebraba al estadista. Certificaba el trabajo de un funcionario encargado de comprobar la pureza del metal.

El estudiante que no llegó a ser abogado
Diego José Pedro Víctor Portales y Palazuelos nació en Santiago el 16 de junio de 1793. Fue uno de los numerosos hijos de José Santiago Portales y Larraín, quien llegaría a ocupar el cargo de superintendente de la Casa de Moneda, y de María Encarnación Fernández de Palazuelos y Martínez de Aldunate.
Su educación siguió inicialmente un camino que parecía conducirlo hacia el derecho. Ingresó en 1808 al Real Convictorio Carolino, obtuvo el grado de bachiller en Filosofía en la Universidad de San Felipe en enero de 1811 y, al año siguiente, se matriculó en Cánones y Leyes. En 1813 pasó al recién creado Instituto Nacional, donde estudió Derecho Natural y de Gentes.
La Reconquista interrumpió esa trayectoria. Tras el cierre del Instituto Nacional en 1814, Portales continuó de manera privada el estudio del derecho romano con José Gabriel Palma. Pero no terminó la carrera ni recibió el título de abogado. Las biografías disponibles tampoco muestran que, después de su paso por la Casa de Moneda, haya retomado formalmente esos estudios.
El giro decisivo se produjo cuando comenzó a aprender docimasia con el español Francisco Rodríguez Brochero. La docimasia era el conjunto de procedimientos destinados a determinar la composición y la ley de los metales. En una economía cuyo dinero dependía materialmente del oro y la plata, no era un conocimiento secundario: de su correcta aplicación dependía que una moneda contuviera la cantidad de metal fino que declaraba tener.
Como explica el estudio biográfico reunido en Portales, el hombre y su obra, el joven que había transitado por la filosofía y las leyes terminó orientándose hacia el análisis de metales. Estudió con Rodríguez Brochero hasta 1817 y ese mismo año comenzó su breve carrera en la ceca santiaguina.
Portales entra a la Casa de Moneda
El 9 de octubre de 1817, Portales fue nombrado segundo ensayador interino de la Casa de Moneda. Tenía 24 años. El edificio en que trabajó no era todavía la sede del gobierno: había sido construido para albergar la fabricación de moneda y solo en 1846, nueve años después de la muerte de Portales, se convertiría en palacio presidencial.
La relación de su familia con el lugar era estrecha. Su padre fue superintendente de la institución y vivió allí con buena parte de su numerosa familia. Diego no nació en el palacio, pero sí entró a trabajar en el establecimiento dirigido por su padre, en una función técnica para la cual se había preparado durante varios años.

¿Qué hacía exactamente un ensayador? Analizaba el oro y la plata que ingresaban a la ceca, verificaba la proporción de metal fino y respondía por la ley de las piezas acuñadas. Su marca en la moneda funcionaba como una certificación y, al mismo tiempo, como una señal de responsabilidad. Si el contenido metálico no correspondía a lo establecido, la inicial permitía identificar a quienes habían intervenido en el ensaye.
Por eso conviene precisar el alcance de la “D”. Portales no diseñó ni grabó aquellas monedas. No fue el autor de sus volcanes, columnas, soles ni escudos. Su “obra” numismática consiste en haber participado en la certificación de piezas que llevan la marca conjunta “FD”: Francisco Rodríguez y Diego Portales.
Una investigación publicada por World Numismatics, basada en documentación reunida por Eduardo Chávez, identifica a Portales como ensayador “D” entre 1817 y 1821. La misma cronología aparece asociada a los pesos de plata de la Independencia acuñados desde fines de 1817 y a las piezas de ocho escudos de oro emitidas entre 1818 y 1821 con las letras “FD”.

Eran monedas de la nueva república, fabricadas mientras Chile todavía afirmaba su independencia política y comenzaba a construir símbolos propios. Antes de que las ideas de Portales dejaran una marca en el Estado, su inicial ya circulaba en los bolsillos como garantía de la ley del metal.
La salida de la ceca
Portales permaneció menos de cuatro años en el cargo. Presentó su renuncia el 30 de julio de 1821 y al día siguiente fue reemplazado por Ignacio Morán Fuenzalida. Ese dato permite fijar con bastante precisión el fin de su etapa como ensayador.
Lo que no puede sostenerse con igual seguridad es que una sola causa explique su salida. En 1821 murió su esposa, María Josefa —“Chepita”— Portales Larraín, con quien se había casado en 1819. La pérdida lo afectó profundamente y marcó una crisis personal ampliamente recogida por sus biógrafos. Pero su abandono de la Casa de Moneda coincidió también con su creciente dedicación al comercio.
A fines de agosto de 1821 viajó al Callao por asuntos mercantiles. En 1822 estableció en Lima, junto a José Manuel Cea, la firma Portales, Cea y Compañía. En los años siguientes se convirtió en comerciante, participó en el estanco del tabaco y se fue acercando a la vida pública desde un terreno muy distinto al de las aulas de derecho.
No hubo, por tanto, un momento en que Portales “volviera a las leyes” para terminar la profesión que había dejado inconclusa. Su camino fue otro: pasó del ensaye de metales al comercio, y del comercio a la política. El conocimiento jurídico de su juventud pudo formar parte de su bagaje, pero su autoridad posterior no nació de un título universitario ni del ejercicio de la abogacía.
Del comerciante al organizador del poder
La historiografía ha discutido largamente la dimensión exacta de la influencia de Portales. Fue ministro del Interior, Relaciones Exteriores, Guerra y Marina; defendió un poder ejecutivo fuerte y participó decisivamente en la consolidación del orden conservador después de la guerra civil de 1829-1830. Su nombre terminó ligado al llamado “Estado portaliano”.
Pero también aquí hace falta una precisión. Portales no fue el redactor de la Constitución de 1833. La elaboración jurídica del texto tuvo como figura central a Mariano Egaña. Su papel fue más político que técnico: creó condiciones de poder, respaldó una concepción autoritaria del orden y se convirtió en el principal referente del régimen que acompañó el nacimiento de aquella carta fundamental. Un estudio de historia del derecho permite apreciar esa influencia sin convertirlo, erróneamente, en autor material de la Constitución.

La paradoja es notable. El hombre asociado a la organización del Estado chileno había comenzado su vida laboral en una de las instituciones más antiguas y reglamentadas de la administración colonial. Allí aprendió que la confianza pública podía descansar en procedimientos, controles, jerarquías y responsabilidades claramente identificables. Sería aventurado afirmar que el ensaye determinó su pensamiento político; no existe evidencia suficiente para establecer esa relación causal. Pero la continuidad resulta sugerente: en la ceca certificaba la ley del metal; en la política buscó imponer una determinada ley del orden.
Portales murió asesinado en 1837, antes de que la antigua Casa de Moneda se convirtiera en residencia de los presidentes de Chile. Nunca gobernó desde el edificio en que había trabajado de joven. Sin embargo, la historia terminó reuniendo ambas etapas: el taller monetario de su juventud pasó a ser el centro del poder político que su figura ayudó a moldear.
De la marca del ensayador al rostro del billete
La relación de Portales con el dinero chileno no terminó con su renuncia de 1821. Su imagen reapareció después en el papel moneda, tanto en emisiones del siglo XIX como en billetes modernos. Durante parte del siglo XX fue una presencia discreta, visible al trasluz como filigrana mientras otros personajes ocupaban el retrato principal.
Así ocurrió, por ejemplo, en el billete de cinco escudos que mostraba a Manuel Bulnes y en el de diez escudos dedicado a José Manuel Balmaceda: Portales figuraba como marca de agua, una imagen destinada a ayudar a comprobar la autenticidad del papel.

En 1976 dejó de estar solamente al trasluz y pasó al primer plano. El Banco Central puso en circulación el billete de cien pesos con su retrato visible en el anverso. El grabado fue realizado por Alberto Matthey a partir de la imagen publicada por Narcisse Desmadryl en 1854, según la obra oficial del Banco Central sobre la iconografía del dinero chileno.

La afirmación de que Portales estuvo “oculto” hasta 1976 exige, por eso, un matiz. Su retrato ya había aparecido en billetes del siglo XIX y su rostro había sido utilizado como filigrana en emisiones posteriores. Lo singular de 1976 fue que se convirtió en la figura central y plenamente visible del billete de cien pesos de la nueva unidad monetaria.
El recorrido cierra un círculo extraordinario. En 1817, Portales estampó su responsabilidad técnica mediante una pequeña “D” en monedas cuyo valor dependía de la pureza del metal. En el siglo XX, su rostro fue empleado como marca de agua para certificar la autenticidad del papel. Y en 1976, el antiguo ensayador se convirtió en la imagen principal del dinero que alguna vez ayudó a fabricar.
Antes de ser ministro, símbolo del orden conservador o rostro de un billete, Diego Portales fue un joven que medía la ley del oro y de la plata en la Casa de Moneda. Esa primera ocupación no explica por sí sola al personaje que vendría después, pero deja una huella concreta y sorprendente: cuando su nombre todavía no pesaba en la política chilena, su inicial ya daba fe del peso de la moneda.
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