Aislado, sin una casa de moneda y con crecientes dificultades para financiar su defensa, el gobierno realista de Antonio de Quintanilla en Chiloé habría requisado unos 50 kilos de plata para fabricar cerca de 1.800 pesos fuertes. Las piezas, hechas en moldes a partir de una moneda de Fernando VII, sobrevivieron a la incorporación del archipiélago a Chile y terminaron rodeadas de falsificaciones y dudas sobre cuáles son auténticas.
En algún momento entre 1821 y 1822, cuando la mayor parte de Chile ya llevaba años bajo un gobierno independiente, un platero de apellido Palomino recibió en Chiloé un encargo excepcional. Debía convertir la plata reunida en el archipiélago en monedas capaces de financiar al último territorio del país que seguía reconociendo la autoridad del rey de España.
No tenía una prensa monetaria, cuños oficiales ni la infraestructura de una casa de moneda. Tenía, según la historia reconstruida por numismáticos, alrededor de 50 kilos de platería requisada a particulares, iglesias y dependencias del Estado. Y tenía una moneda española de ocho reales con el retrato de Fernando VII.
Sobre esa moneda se grabó la inscripción “CHI–LOE”. Después se utilizó la pieza modificada para obtener moldes de arcilla en los que se vertió la plata fundida. Así nació el llamado peso fuerte de Chiloé, una de las monedas de necesidad más extraordinarias de la historia chilena: dinero hecho lejos de cualquier ceca, en una isla prácticamente aislada y para sostener una causa que retrocedía en casi toda América.
No fue, por lo tanto, un simple resello aplicado sobre monedas españolas que ya circulaban. Fue una moneda nueva, aunque rudimentaria, producida por fundición. Cada ejemplar reproducía el busto, las leyendas y la fecha de la moneda utilizada como modelo, incluida la marca local incorporada antes de preparar el molde.
La isla que siguió siendo realista

Antonio de Quintanilla había llegado a Chiloé en 1817, después de la derrota realista en Chacabuco. El virrey Joaquín de la Pezuela lo nombró gobernador de una provincia pobre, militarizada y estrechamente vinculada al Perú, que desde entonces quedó convertida en el principal refugio de la monarquía en el sur de Chile.
Quintanilla no era un aristócrata enviado desde Madrid para administrar tranquilamente una colonia. Había emigrado joven a Chile, se había dedicado al comercio en Concepción y se incorporó al ejército realista en 1813. Combatió en varias de las principales batallas de la guerra y una herida en el rostro le dejó secuelas permanentes. Tras Chacabuco escapó a Perú y regresó como gobernador de Chiloé.
Durante casi nueve años organizó la defensa del archipiélago con recursos locales. En 1820, las fuerzas chilotas rechazaron el ataque encabezado por Lord Cochrane contra las fortificaciones de la bahía de San Carlos, actual Ancud. Cuatro años más tarde, derrotaron en Mocopulli a la expedición dirigida por Ramón Freire. La historia de esas campañas fue reconstruida tempranamente por Diego Barros Arana en Las campañas de Chiloé, 1820-1826.
Pero resistir exigía dinero. Había que pagar tropas, mantener fortificaciones, reparar embarcaciones y sostener la administración de una provincia cada vez más desconectada de los centros realistas. El auxilio enviado desde Lima era insuficiente e irregular. De acuerdo con el estudio El peso fuerte de Chiloé, de Alberto Trivero Rivera, José Rodríguez Ballesteros logró llevar unos 5.000 pesos fuertes al archipiélago en 1822, después de viajar al Perú en busca de ayuda. Era poco para las necesidades de la resistencia.
Antes de la plata, el dinero era de madera
La falta de moneda no comenzó con la guerra. Durante buena parte del período colonial, Chiloé padeció una escasez crónica de circulante metálico y las tablas de alerce llegaron a funcionar como medio de cambio. No eran monedas acuñadas, sino dinero mercancía: piezas de una madera resistente a la humedad y muy demandada en Perú, cuyo valor se expresaba en reales.
La historiadora Ximena Urbina explica en su estudio Análisis histórico-cultural del alerce en la Patagonia septentrional occidental que en 1780 el tributo anual de cinco pesos exigido a los indígenas podía pagarse con 40 tablas de alerce, recibidas a razón de un real cada una. El ingeniero Lázaro de Ribera había calculado que una tabla valorada en Chiloé en un real y cuarto podía venderse en Lima por cuatro reales. La diferencia favorecía a los intermediarios que concentraban los embarques, mientras la provincia apenas lograba subsistir pese a producir una madera tan codiciada.
El valor y las dimensiones de las tablas cambiaron a lo largo del tiempo. Tampoco existe una única cifra sobre el volumen exportado: para la década de 1780, las estimaciones de distintas fuentes iban desde 50.000 o 60.000 hasta más de 200.000 tablas anuales. Pero su utilización como medio de pago fue lo suficientemente extendida para que observadores posteriores las describieran como la “moneda de Chiloé”. De allí proviene la denominación de real de alerce o real de madera con que se recuerda este sistema de intercambio.
En ese contexto, la decisión de Quintanilla de fundir plata y fabricar piezas de ocho reales representó más que una respuesta de emergencia. Significaba introducir dinero metálico producido en la propia isla dentro de una economía acostumbrada a suplir su ausencia con madera. Chiloé había pagado durante generaciones con tablas de alerce; la guerra obligó al último gobierno realista a convertir la plata disponible en monedas con el rostro del rey.
Plata de iglesias y particulares
El testimonio más cercano sobre su fabricación apareció muchos años después. En marzo de 1854, el brigadier Saturnino García, antiguo colaborador de Quintanilla, entregó a la Real Academia de la Historia de Madrid un peso fuerte que, según afirmó, había conservado desde aquellos años.
La carta que acompañó la donación explica que, ante la falta de numerario, en 1821 y 1822 se recogió y fundió plata de la Iglesia y del Estado. Como no existían medios para troquelarla, se encargó al platero Palomino vaciar pesos en un molde obtenido de una moneda de Fernando VII acuñada en Lima en 1819. Para identificar y autorizar esas piezas se habría agregado el nombre de la isla.
La producción habría alcanzado aproximadamente 1.800 pesos fuertes. La cifra no proviene de una contabilidad conservada de Quintanilla, sino de una carta enviada el 20 de diciembre de 1832 por el intendente de Chiloé, Juan Felipe Carvallo, al ministro de Hacienda Manuel Rengifo. La magnitud resulta coherente con los cerca de 50 kilos de plata mencionados por la tradición documental: cada moneda pesaba aproximadamente entre 25 y 27 gramos.

El procedimiento era artesanal. La moneda grabada servía para imprimir el diseño sobre la arcilla; el metal fundido se vertía en el molde y, una vez enfriado, se terminaba manualmente el canto con un cincel. Como los moldes probablemente se rompían al extraer cada pieza, era necesario preparar uno nuevo para cada vaciado.
El resultado debía ser irregular. Las monedas fundidas no podían tener la definición ni la uniformidad de un peso salido de las prensas de Lima, Potosí o Santiago. Pero cumplían la función inmediata de transformar objetos de plata en un medio de pago reconocible.
Más que dinero
Los 1.800 pesos eran una cantidad limitada. Trivero calcula que los gastos administrativos ordinarios de Chiloé rondaban los 40.000 pesos anuales, sin contar el esfuerzo militar. La emisión no podía resolver por sí sola el financiamiento de la provincia ni reemplazar todo el dinero que necesitaba su economía.
Su importancia, por tanto, no fue solamente económica. También fue política.
José Toribio Medina sostuvo en Las monedas chilenas, publicado en 1902, que aquellas piezas, aunque toscas, constituían una prueba de la relativa independencia de la provincia gobernada por Quintanilla y de su fidelidad absoluta al monarca español.
La aparente contradicción es precisamente lo que vuelve singular al peso chilote. La inscripción “CHI–LOE” afirmaba una identidad local y autorizaba una moneda fabricada sin intervención de una casa de moneda imperial. Sin embargo, no borraba ni atacaba la imagen de Fernando VII. El rey seguía ocupando el centro de la pieza.
Chiloé actuaba con una autonomía impuesta por el aislamiento, pero lo hacía en nombre de la monarquía. Fabricaba su propio dinero para continuar siendo realista.
La derrota que no mató a la moneda
La resistencia terminó en enero de 1826. Una nueva expedición encabezada por Ramón Freire derrotó a las fuerzas realistas en Pudeto y Bellavista. Quintanilla aceptó capitular y el Tratado de Tantauco incorporó definitivamente el archipiélago a la República de Chile.
La moneda del rey, sin embargo, sobrevivió al gobierno que la había creado.
La escasez de circulante era tan intensa que los pesos fundidos continuaron utilizándose bajo las autoridades republicanas. Recién el 11 de diciembre de 1832 se decidió retirarlos y cambiarlos por monedas legítimas. Para realizar la operación, el intendente Carvallo habría debido solicitar dinero prestado a un particular, Eugenio Matta.
El canje reveló otro problema: la facilidad con que aquellas piezas podían imitarse. En una primera revisión se aceptaron 509 monedas como legítimas y se rechazaron 334 como falsas. Más tarde aparecieron otras 30 consideradas auténticas. Incluso la comisión encargada del examen tenía dificultades para distinguirlas y se guiaba principalmente por el peso y la proporción aparente de plata.
Un falsificador reconoció haber fabricado unas 200 piezas a comienzos de 1832. Es posible que otros ejemplares fraudulentos nunca fueran presentados al canje, porque sus propietarios conocían su origen o temían explicar cómo habían llegado a sus manos. La falsificación, por tanto, no es un episodio posterior y ajeno a la moneda: forma parte de su historia desde que todavía circulaba.
La moneda auténtica que quizá no lo sea
El problema persigue hasta hoy a los coleccionistas. Trivero recoge la conclusión del investigador Carlos Jara según la cual solo se habrían identificado dos piezas fundidas con posibilidades de ser auténticas, y una de ellas podría ser una falsificación contemporánea a la circulación. Otros ejemplares conocidos habrían sido fabricados mucho después para satisfacer el interés de los coleccionistas.
Incluso la moneda asociada a Saturnino García abre interrogantes. La carta de 1854 asegura que el modelo utilizado por Palomino era un peso de Lima fechado en 1819. Sin embargo, la pieza conservada en la Real Academia de la Historia correspondería a una moneda de Potosí de 1822 con la inscripción grabada directamente sobre su superficie.

Una explicación posible es que se trate de una de las matrices empleadas para producir los moldes y no de uno de los pesos fundidos. Pero la diferencia de ceca y fecha respecto del relato de García no está resuelta. Tampoco se ha demostrado que alguna pieza colada conocida proceda exactamente de ese modelo.
Así, la moneda creada para certificar el valor de la plata terminó convertida en un objeto cuya propia autenticidad es difícil de certificar.
De los aproximadamente 1.800 pesos que se habrían fabricado por orden de Quintanilla, más de 500 fueron canjeados en 1832. No se sabe con certeza qué ocurrió con el resto. Pudieron ser fundidos nuevamente, quedar confundidos con falsificaciones o desaparecer en el comercio regional. Trivero plantea incluso que algunos pudieron llegar a manos mapuches y convertirse en materia prima para objetos de platería.
Lo que permanece es la historia que cargaban. Mientras Santiago reemplazaba al monarca por los símbolos de la nueva república, una provincia aislada recogió la plata disponible, copió el rostro de Fernando VII y escribió su propio nombre junto al rey. Fue el dinero precario de una resistencia condenada a desaparecer y, al mismo tiempo, la afirmación de una identidad local que sobrevivió largamente a la causa realista.
















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