En septiembre de 1880, la expedición hacia Lima encabezada por Patricio Lynch interceptó un vapor que transportaba 33 cajas con más de siete millones de soles de papel destinados al Perú. Los billetes fueron incorporados al Tesoro chileno y, meses después, un observador francés registró que las tropas compraban víveres con papel moneda tomado al enemigo.
En la noche del 16 al 17 de septiembre de 1880, cuando la expedición comandada por Patricio Lynch se preparaba para abandonar Chimbote, una información telegráfica alertó a los chilenos sobre un cargamento especialmente valioso. No contenía armas, pólvora ni metales preciosos. Eran papeles impresos que todavía no habían comenzado a circular, pero que el gobierno peruano necesitaba con urgencia: millones de soles en billetes.
El vapor británico Islay, de la Pacific Steam Navigation Company, transportaba el cargamento. Al salir del puerto fue interceptado por la corbeta chilena Chacabuco, que junto con la O’Higgins convoyaba la expedición. En sus bodegas fueron encontradas 33 cajas.
Benjamín Vicuña Mackenna reconstruyó el episodio en su Historia de la campaña de Lima, 1880-1881, escrita con un archivo de cerca de cuatro mil documentos originales de correspondencia militar, telegramas, diarios de campaña, que él mismo fue reuniendo durante la guerra. Según su relación, las cajas contenían 7.290.000 soles de papel y estampillas de la Unión Postal por otros 375.000 soles. Los billetes habían sido litografiados en Nueva York y estaban listos para entrar en circulación.

No era una captura menor. El Perú enfrentaba una grave escasez de recursos, agravada por el bloqueo de sus puertos y el costo de sostener la guerra. La llegada de aquel papel moneda permitiría aumentar el circulante y entregar recursos a una tesorería exhausta. Su pérdida privó al gobierno peruano de esa posibilidad y entregó a Chile un activo que podía utilizar en la propia campaña.
Ocho millones nominales, 800.000 pesos efectivos
Vicuña Mackenna calculó el cargamento en cerca de ocho millones de pesos nominales, pero estimó su valor efectivo en alrededor de 800.000 pesos. La diferencia era consecuencia de la profunda depreciación del papel moneda peruano: para el historiador, diez soles impresos representaban aproximadamente un peso chileno efectivo.
Después de la captura, escribió, los billetes fueron extraídos del Islay e incorporados por su valor efectivo al Tesoro Nacional. Los calificó como “un poderoso auxilio para el ejército de Chile”. La importancia económica del episodio no se encontraba, por tanto, en el número impreso en los billetes, sino en el valor que podían conservar dentro del territorio peruano.
Un segundo testimonio coincide en la magnitud de la captura. Eugène Marie Le Léon, oficial de la Marina francesa que acompañó como observador neutral al Ejército chileno durante la campaña de Lima, recordó en sus Souvenirs d’une mission à l’armée chilienne los “siete millones de soles papel” incautados por Lynch a bordo de un paquebote. Los estimó en unos 2,5 millones de francos.
Ambos autores muestran la transformación del botín: los billetes dejaron de ser una futura emisión del Estado peruano y pasaron a representar un recurso disponible para el esfuerzo militar de Chile.

Los soles que compraron los víveres
La huella más concreta de su utilización aparece cuando Le Léon describe la concentración de las fuerzas chilenas en Pisco, antes de la marcha hacia Lima. El oficial francés señala que la localidad ofrecía un acantonamiento adecuado y alimentos baratos que se pagaban con “soles de papel tomados a los peruanos”. El pasaje puede consultarse en la página 31 de la edición francesa de 1883.
El testimonio permite sostener que el Ejército chileno empleó papel moneda peruano capturado para adquirir provisiones en territorio enemigo. Tenía una ventaja práctica: aunque estaba fuertemente depreciado, era un dinero que los productores y comerciantes locales conocían y aceptaban. Utilizarlo evitaba gastar en la misma proporción moneda chilena o plata y facilitaba el abastecimiento de una fuerza que debía avanzar por la costa peruana.
No existe, sin embargo, una contabilidad que permita seguir las 33 cajas desde el Islay hasta cada compra efectuada en Pisco. Le Léon tampoco afirma expresamente que los billetes empleados allí fueran exactamente los del cargamento de Chimbote. Lo comprobado es que Chile capturó millones de soles de papel, los valorizó e incorporó a su tesoro, y que su Ejército utilizó papel moneda tomado a los peruanos para comprar alimentos durante la campaña.

No fueron el sueldo de los soldados
Una versión difundida en internet ha agregado un elemento mucho más llamativo: que, después de la ocupación de Lima, los soldados chilenos habrían recibido su sueldo en los soles capturados por Lynch, a razón de diez soles peruanos por cada peso chileno.
La revisión del original de Le Léon no respalda esa afirmación. Por el contrario, en el capítulo dedicado a las remuneraciones explica que el soldado tenía asignada una paga de 11 pesos mensuales, además de alimento y vestuario. Añade que rara vez se le pagaba durante las expediciones y que muchos regresaron a Chile, terminada la guerra, sin haber cobrado sus sueldos. Mientras tanto, sus familias podían recibir las llamadas “mesadas” y los oficiales obtenían anticipos respaldados por vales. El texto está en la página 101 de la obra.
La confusión probablemente nació al reunir pasajes distintos: la captura de los siete millones de soles, su empleo en la compra de víveres y la sección titulada Soldes, palabra francesa que significa sueldos. La equivalencia de diez soles por un peso, en tanto, coincide aproximadamente con la valoración contable entregada por Vicuña Mackenna, pero no constituye una prueba de que esa fuera una tarifa aplicada a la nómina militar.
Dos soles completamente distintos
La historia también exige distinguir el sol de plata del sol de papel. El primero contenía metal y conservaba un valor internacional. Le Léon señala que el sol peruano de plata y el peso chileno de plata tenían un peso y una ley equivalentes a la moneda francesa de cinco francos, aunque en el mercado podían negociarse entre aproximadamente 3,5 y 4,5 francos.
El sol de papel, en cambio, era una promesa emitida por un Estado en crisis. Según el observador francés, llegó a cotizarse en apenas 15 céntimos de franco y, al momento de la entrada chilena en Lima, había recuperado un valor cercano a 40 céntimos. El peso chileno de papel resistió mejor: aunque perdió hasta la mitad de su valor nominal en los momentos más difíciles, hacia el final de la campaña se cotizaba alrededor de tres francos.
En un mismo territorio convivían, por tanto, monedas que compartían nombre pero no valor: soles metálicos, soles de papel, pesos chilenos de plata y billetes chilenos, además de monedas bolivianas y divisas extranjeras utilizadas por comerciantes. La ocupación no significó el reemplazo instantáneo del circulante peruano por la moneda chilena. La vida económica continuó funcionando con una mezcla de especies monetarias, cotizaciones variables y confianza desigual.

El botín de papel
Los billetes interceptados frente a Chimbote no financiaron por sí solos la ocupación de Lima. Tampoco existen antecedentes suficientes para afirmar que fueron distribuidos como salario entre los soldados. Su importancia fue más concreta: privaron al Perú de una emisión que necesitaba, ingresaron al Tesoro chileno como un recurso valorizado y el papel moneda capturado permitió abastecer al Ejército dentro del territorio enemigo.
La paradoja resume la precariedad económica de la guerra. Mientras numerosos soldados chilenos acumulaban meses de remuneraciones impagas, el Ejército compraba parte de sus víveres con el dinero devaluado que había arrebatado al país sobre el cual avanzaba.
















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