Coleccionista, historiador, bibliógrafo e impresor, Medina reunió monedas, rastreó leyes y documentos y publicó 17 trabajos numismáticos entre 1891 y 1924. Su obra convirtió piezas dispersas en fuentes históricas y sentó las bases para estudiar sistemáticamente el dinero de Chile y de la América española.
En 1887, José Toribio Medina tenía listo un libro que nunca llegó a publicar. Lo había llamado Historia de la Numismática Americana y el obstáculo no estaba en la investigación ni en las monedas que había reunido: eran las ilustraciones. Reproducir las piezas en láminas costaba tanto que el historiador no podía financiar la impresión.
El 30 de septiembre de ese año le escribió desde Santiago al escritor peruano Ricardo Palma. Le contó que su colección americana de monedas y medallas -que, según su propia apreciación, “no tiene rival en América”- había servido de base para el trabajo. Luego fue directamente a lo que buscaba: le preguntó por una moneda atribuida a Gonzalo Pizarro, por los coleccionistas que había en Lima, por quienes podrían estar dispuestos a vender y por cualquier estudio peruano sobre numismática.
La carta retrata al personaje. Medina no esperaba que el pasado llegara hasta su escritorio: salía a buscarlo. Preguntaba, compraba, intercambiaba, copiaba y contrastaba. Una moneda rara no era para él solamente una pieza que añadir a una bandeja. Era una fuente que debía relacionarse con leyes, archivos, nombres de grabadores, casas de moneda y acontecimientos históricos.
Por eso puede ser considerado el padre de la numismática chilena. No solo formó una colección excepcional: convirtió el coleccionismo en investigación histórica y dejó un registro sistemático de piezas y documentos que hasta entonces se encontraban dispersos.
Un abogado que eligió los archivos

José Toribio Medina Zavala nació en Santiago el 21 de octubre de 1852. Estudió en el Instituto Nacional, donde fue alumno de Rodulfo Philippi y Diego Barros Arana, y se tituló de abogado en la Universidad de Chile en 1873. Sus primeros intereses ya revelaban una inclinación por observar, reunir y clasificar: realizó investigaciones de historia natural y entomología e incluso escribió sobre los insectos dañinos de Chile y la conveniencia de crear una sociedad entomológica.
Su trayectoria, sin embargo, terminaría mucho más cerca de los archivos que de los tribunales. En diciembre de 1874 fue nombrado secretario de la legación chilena en Lima. Allí tuvo acceso a impresos del antiguo virreinato y comenzó a recopilar documentación colonial.
Luego vendrían viajes y estadías de investigación en Argentina, Estados Unidos y Europa. En España trabajó especialmente en el Archivo de Indias de Sevilla y en el de Simancas. Durante su misión en Madrid reunió más de 15.000 páginas transcritas sobre la historia de Chile, además de libros, folletos, mapas y planos.

Medina pertenecía a una época en que investigar exigía viajar hasta el documento, copiarlo a mano y encontrar después la manera de imprimirlo. Él llevó ese método al extremo. No se limitó a escribir: instaló prensas en su propia casa. Primero levantó la imprenta Ercilla y, después de su regreso a Chile en 1895, la Imprenta Elzeviriana.
La casa se convirtió en biblioteca, archivo, gabinete de monedas, taller de grabado y editorial. Medina podía estudiar una pieza, relacionarla con los documentos, redactar su descripción, preparar una lámina e imprimir el libro sin abandonar ese mundo de trabajo. A su lado estaba su esposa, Mercedes Ibáñez Rondizzoni, quien colaboró en la imprenta y en la preparación de sus obras. La imagen del erudito completamente solitario es, por eso, incompleta.
El libro de 84 láminas y ninguna explicación
La fuente central para reconstruir su trabajo en este campo es el estudio de Carlos Torres Gandolfi, publicado en la Revista Chilena de Historia y Geografía n.º 160, correspondiente a 1992-1993. Según Torres Gandolfi, Medina produjo 17 publicaciones numismáticas entre 1891 y 1924.
La primera fue Monedas y Medallas Hispano-Americanas, aparecida en 1891. Era un libro extraño: contenía 84 láminas de monedas y medallas, pero no tenía texto. La bibliografía de Medina preparada por Carl H. Schaible permite comprobar que fue “impreso y grabado en casa del autor”.
El volumen era al mismo tiempo un avance y la huella de un proyecto inconcluso. Medina había logrado hacer visibles las piezas, pero todavía no publicaba la historia documental que permitiera explicarlas. Después vendrían casi nueve años sin nuevos libros numismáticos. No fue un abandono: estaba reuniendo ejemplares raros, clasificándolos y buscando los antecedentes necesarios para documentarlos.

En 1900 publicó Medallas Coloniales Hispano-Americanas. Un año después apareció Las Medallas Chilenas, obra en la que describió científicamente 675 piezas. Era ya un volumen de gran escala: 467 páginas, 38 láminas e ilustraciones dentro del texto. La tirada, sin embargo, fue de solo 300 ejemplares.

El salto definitivo llegó en 1902 con Las Monedas Chilenas, la memoria que presentó a la Universidad de Chile. También se imprimieron apenas 300 ejemplares. El libro contenía más de 300 páginas preliminares de estudio, 223 páginas de documentos, índice, fe de erratas, 13 láminas e ilustraciones intercaladas.
No era simplemente un catálogo. Medina reconstruyó la historia de la Casa de Moneda de Santiago, reunió disposiciones legales y documentación administrativa e investigó a ensayadores, talladores y autoridades. Describió tipos, metales, leyendas, dimensiones y circunstancias de emisión. La moneda y el documento aparecían juntos: una permitía interrogar al otro.
Esa combinación explica por qué el libro sigue siendo citado más de un siglo después. Las fichas patrimoniales de SURDOC todavía recurren a Las Monedas Chilenas para documentar piezas de sus colecciones.
Una obra que salió de Chile
El horizonte de Medina nunca se limitó al territorio nacional. Estudió las monedas y medallas de la América española, las proclamaciones y juras de los reyes, las emisiones de necesidad acuñadas durante guerras y asedios, las distintas cecas coloniales y las medallas europeas relacionadas con el continente.
En 1912 publicó la Bibliografía Numismática Colonial Hispano-Americana, en la que registró 397 trabajos impresos en España entre 1556 y 1822. Cinco años después aparecieron sus investigaciones sobre las medallas de proclamación y jura. Medina describió centenares de piezas, muchas pertenecientes a su colección personal.
Su año más prolífico fue 1919. Publicó entonces Las Monedas Obsidionales Hispano-Americanas, estudio de 335 monedas de necesidad de Hispanoamérica y Filipinas; una versión dedicada específicamente a las emisiones chilenas; Las Monedas Coloniales Hispano-Americanas; el Manual ilustrado de Numismática Chilena. La Colonia; Las Medallas del Almirante Vernon y un suplemento sobre medallas de proclamación.

La secuencia culminó en 1924 con Medallas Europeas Relativas a América, impresa en Buenos Aires, donde describió e ilustró 492 piezas. Para entonces habían transcurrido casi cuatro décadas desde aquella carta en que confesaba que no podía pagar las láminas de su primer gran proyecto.
Cuando la Sociedad de Bibliófilos Chilenos publicó en 1952 la bibliografía completa de Medina, el historiador Alamiro de Ávila Martel lo definió como “el primero y más grande estudioso de la numismática americana”. La afirmación puede parecer grandilocuente, pero la amplitud de sus trabajos la sostiene: Medina no produjo un catálogo aislado, sino un sistema para estudiar las monedas y medallas del continente.
La bibliografía de Schaible enumera más entradas numismáticas que las 17 publicaciones señaladas por Torres Gandolfi. No se trata necesariamente de una contradicción. Schaible registró también artículos, separatas, reediciones y textos reproducidos en otras obras; Torres Gandolfi delimitó el cuerpo principal de sus publicaciones numismáticas.
La obsesión tenía un método
Medina fue un personaje obsesivo, pero su obsesión no era desordenada. La Biblioteca Nacional explica que siguió un plan riguroso para formar su colección: reunir sistemáticamente los primeros impresos americanos y, al mismo tiempo, formar un fondo con las obras que consideraba fundamentales sobre América.
En numismática aplicó la misma lógica. Buscaba la pieza, identificaba sus variantes, la medía, describía las leyendas y las imágenes, y trataba de devolverla a las circunstancias en que había sido acuñada. Su correspondencia extendía la investigación más allá de Chile: preguntaba por ejemplares que no había visto, solicitaba noticias documentales y localizaba colecciones privadas.
También sabía que la numismática era una empresa costosa. Había que adquirir piezas, viajar, contratar copistas y producir grabados capaces de mostrar diferencias que a veces se reducían a una letra, una fecha o un detalle del diseño. La demora del proyecto concebido en 1887 muestra que su obra no nació solo de la voluntad de saber, sino también de una batalla material por hacer visible lo investigado.
Un visitante estadounidense que llegó a su casa en 1919 lo encontró en un despacho cubierto de libros, sentado ante una mesa desordenada y vestido con un guardapolvo. La primera impresión de severidad desapareció cuando Medina comenzó a conversar. Se levantaba, se acercaba a sus visitantes y hablaba a gran velocidad. Detrás de los catálogos y las fichas había un hombre que se entusiasmaba contando lo que había descubierto.
El hombre que quiso ordenar su propio legado
La preocupación por clasificar y conservar no terminó con la publicación de sus libros. En su testamento de 1912, Medina ya había expresado su intención de donar al Estado su biblioteca personal. Quería que fuera instalada en una sala con su nombre dentro del nuevo edificio de la Biblioteca Nacional.
La entrega se formalizó en una carta del 21 de noviembre de 1925. Medina donaba 22.000 volúmenes impresos y casi 300 volúmenes manuscritos, pero establecía condiciones precisas: el Estado debía financiar la impresión del catálogo; el mobiliario y la decoración quedarían sujetos a su aprobación; su discípulo Guillermo Feliú Cruz sería nombrado conservador, y él se reservaba el derecho de dictar el reglamento bajo el cual la sala sería conservada y consultada.
El Ministerio de Instrucción Pública aceptó la donación mediante el Decreto n.º 8.253 del 11 de diciembre de 1925. Medina supervisó personalmente la instalación, la construcción de los anaqueles en maderas nobles y la preparación del Catálogo breve de la Biblioteca Americana. La sala comenzó a atender público en 1930.

La donación original no debe confundirse con el tamaño actual del fondo. La Biblioteca Americana reúne hoy unos 35.000 volúmenes, incluidos casi 300 tomos manuscritos. Dentro de estos últimos hay 11.992 piezas organizadas en 297 volúmenes: documentos originales y copias que Medina obtuvo en los archivos de Indias y Simancas. El Fondo Bibliográfico José Toribio Medina completo es todavía mayor —supera los 130.000 volúmenes— porque incorpora también la biblioteca americana de Diego Barros Arana, los Archivos Documentales y otras colecciones.
Medina murió en Santiago el 11 de diciembre de 1930. Para entonces había construido algo más grande que un monetario o una biblioteca: una infraestructura documental para estudiar América.
Las monedas dejaron de estar mudas
Decir que sin Medina se habría perdido la historia de las monedas chilenas es un contrafactual imposible de demostrar. Las piezas, las leyes y parte de los archivos existían, y otros investigadores podían haberlos estudiado. Lo comprobable es que ese conocimiento estaba fragmentado y que Medina lo reunió, contrastó, ilustró y publicó cuando nadie en Chile realizaba esa tarea con una amplitud comparable.
Su verdadero legado no fue salvar las monedas de una desaparición física, sino evitar que permanecieran mudas y dispersas. Gracias a sus libros, una pieza dejó de ser solo un objeto de metal y pasó a convertirse en la entrada a un expediente histórico.

Cada vez que un catálogo moderno vuelve a Las Monedas Chilenas para identificar una variante, comprobar una emisión o seguir la pista de un decreto, Medina reaparece. No porque haya pronunciado la última palabra —sus trabajos contienen omisiones y errores que investigaciones posteriores han corregido—, sino porque formuló muchas de las primeras preguntas y dejó reunidas las fuentes para responderlas.
Ese puede ser el mejor modo de definir al padre de la numismática chilena: no como el hombre que guardó más monedas, sino como el que enseñó a leerlas.
















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