El “papelote” de O’Higgins: cuando Chile imprimió dinero para pagar su Independencia
Durante el gobierno de Bernardo O’Higgins, Chile recurrió a los llamados “papelotes”, billetes de crédito o vales emitidos para pagar al Ejército y a los acreedores del Fisco. En 1819 habrían circulado $285.705 y existieron valores desde $25 hasta $2.000. El propio O’Higgins los llamaría después “moneda papel”.
No existe una fotografía, un grabado ni un ejemplar guardado detrás de la vitrina de algún museo. Tampoco sabemos con certeza sus dimensiones, diseño, color o la forma material exacta en que fueron confeccionados. Y, sin embargo, sabemos que existieron.
Hacia el final del gobierno de Bernardo O’Higgins, Chile tuvo lo que la tradición numismática identifica como su primer intento de papel moneda: los llamados “papelotes”. No nacieron de un banco ni de la necesidad cotidiana de comprar y vender. Su origen fue bastante más urgente: había que financiar una guerra y pagar las deudas contraídas para sostener al Ejército.
El historiador René Millar Carvacho, autor de Políticas y teorías monetarias en Chile: 1810-1925, explica que los trastornos monetarios provocados por las guerras de Independencia se agravaron cuando las autoridades militares comenzaron a emitir una cantidad importante de “billetes de crédito” o “vales” destinados a pagar al Ejército y a quienes proporcionaban alimentos, caballos y armas. Estos documentos podían ser utilizados por comerciantes para pagar impuestos porque se emitían con cargo a las aduanas, según recoge el proyecto académico Historia Bancaria de Chile.
Era, en esencia, una promesa escrita del naciente Estado.
Una guerra que también había que financiar
Cuando O’Higgins asumió como Director Supremo después de la batalla de Chacabuco, en febrero de 1817, Chile llevaba años de guerra. La victoria patriota permitió recuperar Santiago y dio inicio a la Patria Nueva, pero no terminó con el conflicto. Todavía era necesario enfrentar a las fuerzas realistas y preparar, junto con José de San Martín, la expedición que llevaría la guerra hacia Perú.
Todo eso costaba dinero.
Había que mantener soldados, comprar armamento, alimentar tropas, conseguir animales y pagar a particulares que adelantaban bienes al Ejército. Pero el nuevo Estado carecía de un sistema bancario desarrollado y sufría, además, una persistente escasez de circulante metálico.
La solución fue recurrir al crédito. Las autoridades entregaron documentos que reconocían las deudas contraídas con militares y proveedores. Millar señala que esta práctica no fue exclusivamente chilena: durante las guerras de Independencia, tanto gobiernos realistas como fuerzas insurgentes de distintos territorios hispanoamericanos recurrieron a papel, vales y pagarés para cubrir salarios y suministros militares.
En Chile esos papeles terminarían adquiriendo una característica fundamental: comenzaron a circular.
O’Higgins los llamó “moneda papel”
La mejor prueba de su existencia de estos papelotes no está en una colección numismática, sino en los documentos del propio gobierno de Bernardo O’Higgins.
El 11 de febrero de 1820, el Director Supremo envió una comunicación al Senado en la que planteaba una fórmula para retirar estos documentos. El texto puede consultarse actualmente en la Biblioteca del Congreso Nacional.
La frase que utilizó resulta extraordinariamente reveladora: “Deseando la amortización de la moneda papel que corre en los billetes dados por el Gobierno…”
El documento demuestra tres cosas decisivas: el Gobierno había entregado billetes, éstos estaban circulando y el propio O’Higgins los calificaba como “moneda papel”. El Senado aprobó la propuesta y permitió que ciertos créditos que pertenecían al Estado pudieran ser redimidos mediante estos billetes.
El papel había comenzado a desempeñar algunas de las funciones que hasta entonces estaban reservadas principalmente al dinero metálico. Y había que encontrar una forma de sacarlo de circulación.
Cuando el papelote comenzó a tener un precio
La historia se vuelve todavía más interesante unos meses después.
El 2 de octubre de 1820, O’Higgins dictó un decreto destinado específicamente a ordenar la “circulación i amortización de billetes”. El decreto original también está disponible en la BCN.
La norma advertía que estaban apareciendo abusos que perjudicaban tanto al comercio como al Fisco y fijaba reglas para el endoso y rescate de esos papeles.
Pero el decreto revela algo más: los billetes no necesariamente se negociaban por el valor que estaba escrito en ellos. La autoridad dispuso que aquellos que fueran endosados serían aceptados por el Estado según el valor que tuviera el cambio el día de la operación, un precio que debía quedar establecido mediante un certificado semanal del secretario del Consulado.
El Gobierno reconocía así la existencia de un verdadero mercado para estos papelotes. Un acreedor que necesitaba monedas podía entregar su billete a otra persona aceptando un descuento. El comprador, a su vez, podía esperar para utilizarlo posteriormente frente al Estado.
O’Higgins fue todavía más explícito: el decreto buscaba combatir la “excesiva usura” y el “monopolio de billetes” que estaban apareciendo alrededor de estas operaciones. Para compensar a quienes debían esperar por su amortización, el Gobierno estableció además un pago adicional de 5% en metálico.
Más de dos siglos después, el mecanismo resulta sorprendentemente reconocible: una deuda del Estado podía venderse, cambiar de manos y cotizar con descuento. El papelote tenía un precio.
El billete que nadie ha visto
El numismático Osvaldo Leyton Bahamondes dedica en Billetes de Chile, dos siglos de historia e imágenes un apartado precisamente a “Los ‘papelotes’ de O’Higgins”. Citando a Diego Barros Arana, señala que en 1819 circulaban $285.705 en estos papelotes. Agrega que sus valores faciales habrían ido desde $25 hasta $2.000. Las emisiones continuaron hasta 1826 y luego comenzó su retiro paulatino. Entre 1827 y 1830, señala, fueron retirados de circulación más de $1 millón en billetes.
La gran incógnita sigue siendo su aspecto. Leyton señala que no dispone de imágenes de un “papelote” emitido por O’Higgins, por lo que no es posible establecer con certeza cómo eran estas primeras emisiones.
Lo que sí tenemos son los documentos, y estos son particularmente sólidos: en 1820 el Gobierno habla expresamente de “billetes dados por el Gobierno”, de “moneda papel”, de circulación, endoso, cambio y amortización.
El primer papel moneda chileno es, paradójicamente, un billete cuya existencia conocemos mejor por las palabras que dejó en los archivos que por el objeto mismo.
¿Entonces cuál es el primer billete chileno?
La ausencia de ejemplares de este “papelote” ayuda a explicar por qué existen distintas formas de contar el comienzo del papel moneda nacional.
Queirolo sitúa primero a los papelotes de la época de O’Higgins, pero posteriormente identifica una emisión realizada en Valdivia entre 1840 y 1844, de la que se conocen denominaciones de 4 y 8 reales. Catálogos internacionales de papel moneda también comienzan sus registros de piezas chilenas conservadas con las emisiones de Valdivia de 1840.
La diferencia está en qué se está midiendo. Si buscamos el primer antecedente documentado de papel emitido por el Estado chileno y utilizado con funciones monetarias, tenemos que retroceder hasta los años de O’Higgins. Si buscamos, en cambio, uno de los primeros billetes chilenos cuya pieza física ha llegado hasta nuestros días y puede observarse y coleccionarse, Valdivia ocupa un lugar distinto en la historia.
El papelote está antes. Solo que nadie puede sostenerlo en la mano.
El dinero como promesa
Chile ya había comenzado a romper con la iconografía monetaria española. Desde los primeros años de la Patria Nueva surgieron las monedas republicanas que sustituyeron progresivamente los símbolos de la monarquía por los de la nueva nación.
Pero el papelote significó algo diferente. Una moneda de oro o plata tenía un valor asociado también al metal con el que había sido fabricada. El billete de crédito dependía de algo mucho menos tangible: la confianza en que el Estado cumpliría su promesa.
Ese es quizás el verdadero valor histórico del papelote de O’Higgins. Nació en circunstancias precarias, para solucionar problemas igualmente precarios. Ayudó a pagar soldados y proveedores, comenzó a circular, se vendió con descuento y obligó al Gobierno a crear normas para rescatarlo.
Después desapareció. No conocemos un solo ejemplar conservado que permita contemplar cómo era aquel primer papel que los chilenos aceptaron a cambio de una deuda del Estado.
Pero quedó algo probablemente más importante que el billete mismo. En febrero de 1820, Bernardo O’Higgins dejó escrito que por las manos de los habitantes de aquel país recién independizado ya corría una nueva forma de dinero.
La llamó “moneda papel”.
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