La primera moneda hecha en Chile: una media onza de oro que desafió el poder de Lima
En septiembre de 1749, una pequeña fábrica instalada en la calle Huérfanos acuñó una moneda de cuatro escudos con el retrato del rey Fernando VI. Fue la primera moneda hecha en Chile y el resultado de una larga lucha contra la escasez de circulante, pero también de una disputa por el oro, el comercio y la autonomía económica frente a Lima.
Durante buena parte del periodo colonial, el dinero fue un bien escaso en Chile. El territorio no contaba con una casa de moneda y dependía principalmente de las piezas acuñadas en Lima y Potosí, que debían atravesar enormes distancias antes de llegar a Santiago.
Los retrasos en los envíos y las dificultades del transporte afectaban regularmente la disponibilidad de circulante. La falta de monedas entorpecía el comercio, complicaba el pago de salarios y obligaciones y obligaba a buscar medios alternativos para realizar las transacciones.
El problema fue advertido tempranamente. En 1584, el Cabildo de Santiago solicitó al Consejo de Indias autorización para labrar moneda en la ciudad. La petición, sin embargo, no prosperó. Chile tendría que esperar más de un siglo y medio para contar con una ceca propia.
El hombre que ofreció financiar la Casa de Moneda
La solución llegó de la mano de Francisco García de Huidobro, uno de los vecinos más acaudalados de Santiago.
García de Huidobro presentó a la Corona un proyecto singular: se comprometía a financiar la instalación y el funcionamiento de una Casa de Moneda sin que el erario español tuviera que asumir sus costos. A cambio, recibiría para él y sus descendientes el cargo de tesorero y los ingresos asociados a la operación.
La propuesta fue aprobada el 1 de octubre de 1743. Ese día, el Consejo de Indias autorizó la creación de una Real Casa de Moneda en Santiago, mediante una cédula dictada durante el reinado de Felipe V.
Aunque contaba con autorización real, el nuevo establecimiento nació, en los hechos, como una empresa financiada y administrada por un particular. Solo en 1770, después de dos décadas de funcionamiento, la Corona incorporaría formalmente la Casa de Moneda a su patrimonio.
García de Huidobro viajó a España para adquirir los materiales necesarios. Regresó a Chile a bordo del navío Santiago el Perfecto, cargado con matrices, instrumentos y una prensa a volante o de tornillo sinfín, una tecnología innovadora para la época.
También trajo consigo a dos especialistas españoles: el grabador Manuel de Ortega y Balmaceda y el ensayador Joseph Saravia.
El grabador era el responsable de preparar los diseños y cuños que permitirían estampar las imágenes sobre el metal. El ensayador, en tanto, debía comprobar la ley y el peso de las monedas, una función indispensable para asegurar que su contenido metálico correspondiera al valor declarado.
Saravia murió poco después de llegar a Chile, pero alcanzó a transmitir sus conocimientos a José Larrañeta, quien asumiría el oficio y participaría en la primera acuñación.
Una fábrica en la calle Huérfanos
La nueva Casa de Moneda se instaló en un inmueble de la calle Huérfanos, lejos todavía del edificio diseñado por Joaquín Toesca que hoy alberga la sede de la Presidencia de la República.
La puesta en marcha tomó varios años. Había que acondicionar las dependencias, montar las máquinas, preparar los instrumentos y contratar a los funcionarios capaces de realizar una tarea que nunca antes se había desarrollado regularmente en Chile.
Cuando las instalaciones estuvieron terminadas, Felipe V ya había muerto. Su hijo Fernando VI ocupaba el trono español desde 1746 y, por lo tanto, fue su rostro el que quedó grabado en la primera moneda fabricada en Santiago.
El 10 de septiembre de 1749, la Casa de Moneda acuñó finalmente su primera pieza: una moneda de cuatro escudos de oro, conocida también como media onza.
Según el libro Iconografía de monedas y billetes chilenos, del Banco Central, medía 29 milímetros de diámetro. Su grabador fue Manuel de Ortega y Balmaceda y el ensayador de la emisión fue José Larrañeta.
José Toribio Medina también registró el episodio en Las monedas chilenas, publicado en 1902. El historiador señala que, una vez terminadas las obras y preparados los instrumentos y empleados, pudo acuñarse como primera pieza una media onza con el busto de Fernando VI.
El rostro del rey
La primera moneda hecha en Chile no contenía imágenes relacionadas con el territorio donde había sido producida. No mostraba la cordillera, un cóndor o una estrella. Su diseño estaba destinado a expresar el poder de la monarquía española.
En el anverso aparecía el busto de Fernando VI mirando hacia la derecha. El rey llevaba peluca, armadura y manto, además de la condecoración de la Orden del Toisón de Oro, una de las distinciones más prestigiosas de la monarquía europea.

Alrededor del retrato se leía la inscripción en latín: FERDINANDUS VI D G HISP REX 1749.
La frase identificaba a “Fernando VI, por la Gracia de Dios, Rey de España”, y reafirmaba que su autoridad provenía de un orden monárquico y religioso.
En el reverso aparecía un escudo coronado con las armas de Castilla y León. En su centro se encontraban las flores de lis, símbolo de la Casa de Borbón, la dinastía que gobernaba España.
El diseño incluía otra inscripción en latín:
NOMINA MAGNA SEQUOR.
La publicación del Banco Central propone traducirla como “persigo los máximos títulos” o “busco los mejores logros”.
La moneda era, por lo tanto, mucho más que una herramienta para comprar o pagar. Constituía una pequeña pieza de propaganda política. Cada vez que cambiaba de manos, trasladaba el rostro, los títulos y los símbolos del monarca por uno de los territorios más apartados de su imperio.
La primera marca de Santiago
La media onza incorporó también un signo destinado a identificar el lugar donde había sido fabricada. Era la marca de la ceca de Santiago: una letra S coronada por un círculo.
Según Iconografía de monedas y billetes chilenos, el símbolo aludía tanto al nombre de la ciudad como a Santiago Apóstol, su patrono. Desde entonces, esa marca permitiría distinguir las monedas producidas en Chile de las acuñadas en otras casas americanas.
En la pieza figuraban, además, las iniciales del ensayador. No eran un simple detalle decorativo: identificaban al funcionario responsable de certificar la calidad y el peso del oro utilizado.
Las monedas acuñadas bajo Fernando VI respetaron las normas de peso y ley establecidas por la Real Ordenanza del 9 de junio de 1728. En aquella época, el metal no era solo el soporte de la moneda. Su cantidad y pureza eran componentes esenciales de su valor.
La oposición de Lima
La creación de la Casa de Moneda de Santiago no fue recibida con entusiasmo por todos.
El proyecto generó críticas entre comerciantes que acostumbraban llevar el oro chileno a Lima y entre funcionarios virreinales cuyos intereses se veían afectados por la nueva institución. Disponer de una ceca significaba que parte del metal podía permanecer y ser transformado en moneda dentro de Chile, en lugar de trasladarse al centro político y económico del Virreinato del Perú.
La Gobernación de Chile defendió el establecimiento porque le otorgaba una mayor capacidad para atender sus propias necesidades monetarias. La creación de la Casa de Moneda no rompió la dependencia de España, pero sí redujo la subordinación de Santiago respecto de Lima en un ámbito estratégico.
Detrás de la primera moneda hecha en Chile existía, entonces, algo más profundo que una solución técnica a la escasez de circulante. Estaba en juego quién controlaba el oro, dónde se acuñaba y quién obtenía los beneficios de convertirlo en dinero.
El comienzo de una historia
La media onza de 1749 fue la primera moneda acuñada en territorio chileno, pero no la primera moneda de Chile como país independiente. Esa distinción corresponde al peso de plata de 1817, que reemplazó los símbolos monárquicos por las ideas de libertad, unión e independencia.
Entre ambas piezas transcurrieron casi siete décadas de transformaciones políticas. La primera exhibía el rostro de un rey español; la segunda buscaba representar a una nueva nación.
La media onza, sin embargo, inauguró una historia que continúa hasta hoy. Su acuñación marcó el nacimiento de la actividad monetaria en Chile y convirtió a Santiago en una ciudad con capacidad para fabricar su propio circulante.
Todo comenzó el 10 de septiembre de 1749, en una casa de la calle Huérfanos, con una prensa traída desde España y una pieza de oro de 29 milímetros. Una moneda concebida para facilitar el comercio que terminó dejando grabadas las tensiones económicas y políticas de la sociedad colonial.

