La moneda que no podía tocar a los sanos: el dinero de los leprosos, de Colombia a Rapa Nui
En mi colección tengo tres monedas colombianas marcadas “LAZARETO” y una ficha venezolana de 1939. Detrás de esas cuatro piezas hay una historia que se repitió, con distintos nombres y distintos metales, en al menos media docena de países. Chile no fue la excepción, aunque aquí la historia tomó un giro distinto.
En mi colección numismática conviven tres monedas colombianas de bronce y níquel, todas con la palabra LAZARETO grabada bajo el escudo, y una ficha venezolana de 1939 que anuncia en su borde “LEPROSERÍAS NACIONALES · ISLA DE PROVIDENCIA”. A primera vista podrían pasar por acuñaciones menores. En realidad son el testimonio físico de una de las políticas sanitarias más severas —y más extendidas por el mundo— del siglo XX: la creación de un dinero exclusivo para los enfermos de lepra, que no podía mezclarse jamás con el que usaba el resto de la población.
La palabra “lazareto” viene precisamente de Lázaro, el mendigo leproso de la tradición bíblica, y así se bautizó durante siglos a los recintos de reclusión donde se enviaba a quienes padecían la enfermedad. En Colombia hubo tres: Caño de Loro, en Cartagena; Contratación, en Santander; y Agua de Dios, en Cundinamarca. Quienes ingresaban perdían derechos civiles básicos —no podían votar ni heredar— y quedaban tras cercos vigilados.
La preocupación por el contagio llegó hasta el bolsillo: convencido de que la lepra podía transmitirse a través de las monedas y los billetes, el Estado colombiano ordenó acuñar dinero exclusivo para esos tres lazaretos, con emisiones entre 1901 y 1928. Las piezas de esta colección, de 1921 y 1928, pertenecen justamente a esas últimas series.
Venezuela hizo lo mismo, casi en paralelo, para sus leproserías de Maracaibo, Cabo Blanco y la Isla de Providencia —un antiguo asentamiento en el Lago de Maracaibo cuyo leprocomio se remonta a un decreto de Simón Bolívar de 1828—. La ficha de 1939 de esta colección corresponde a la última emisión venezolana, la que acompañó el cambio de nombre del establecimiento de “Lazareto” a “Leproserías Nacionales”.

Un miedo que dio la vuelta al mundo
Lo notable es que ni Colombia ni Venezuela estuvieron solas en esta idea. Entre fines del siglo XIX y mediados del XX, al menos media docena de países en distintos continentes llegaron a la misma conclusión: si el dinero podía transmitir la enfermedad, entonces había que crear un dinero que nunca saliera del lazareto.
El caso más grande del mundo estuvo en Filipinas, entonces bajo administración de Estados Unidos. En 1906 se estableció la colonia de leprosos de Culión, adonde llegaron a vivir miles de personas trasladadas desde distintas provincias del archipiélago.
Desde 1913 circuló allí una moneda de aluminio propia, y el sistema era tan estricto que incluso las personas sanas que iban a comerciar dentro de la colonia debían cambiar su dinero oficial por la “moneda de leproso” antes de entrar. El dinero del gobierno filipino tenía prohibido circular dentro del recinto.
Brasil acuñó monedas de bronce para al menos dos leprosarios, la Colonia de Santa Teresa y el Hospício dos Lázaros. En la zona del Canal de Panamá, administrada por Estados Unidos, la cuarentena de leprosos de Palo Seco usó una moneda especial fabricada nada menos que en la Casa de Moneda de Filadelfia. Y en Malasia, aunque los británicos no llegaron a acuñar monedas, sí imprimieron billetes exclusivos para la colonia de Sungai Buloh.
El patrón se repite en cada caso: aislar el cuerpo del enfermo detrás de un cerco, y aislar también su dinero, para que nunca llegara a manos de quien estaba sano.
Chile también aisló, pero no acuñó
Chile vivió su propia versión de esta historia, pero con un desenlace distinto. La lepra llegó a Isla de Pascua en 1889, pocos años después de la anexión del territorio a Chile, posiblemente desde Tahití. Los propios rapanui bautizaron la enfermedad como “revahiba” -“bandera chilena”-, en referencia a la bandera del barco que trajo el primer contagio.

En 1917, tras las denuncias de monseñor Rafael Edwards sobre las condiciones de vida de los isleños, se dictó la ley que autorizó la construcción de un lazareto en la isla. El aislamiento fue real y prolongado: no solo se confinó a los enfermos, sino que a toda la población de Rapa Nui se le prohibió abandonar la isla durante décadas. La situación solo empezó a mejorar hacia 1950, y los últimos casos se dieron de alta recién en la década de 1990.
Sin embargo, a diferencia de Colombia, Venezuela o Filipinas, no hay registro de que en Rapa Nui se haya acuñado una moneda o ficha especial para los enfermos de lepra. El aislamiento territorial fue tan severo como en cualquier otro lazareto del mundo, pero el Estado chileno no llegó a construir ese segundo cerco, el del dinero paralelo.
Lo que una moneda puede contar
Esa comparación es, quizás, lo más interesante que deja esta pequeña colección: mirar tres piezas de metal —dos colombianas, una venezolana— y descubrir que representan una respuesta que se repitió, con matices, en Filipinas, Brasil, Panamá y Malasia, y que rozó también a Chile sin llegar a completarse de la misma forma.
Detrás de cada moneda de lazareto no hay solo un valor facial. Hay una época en que varios países del mundo, movidos por el mismo miedo, decidieron que la mejor manera de contener una enfermedad era construir una economía en miniatura para quienes la padecían: un dinero que solo podía circular entre enfermos, y que jamás debía tocar la mano de un sano. Hoy esas piezas duermen en álbumes de coleccionistas, ya sin el estigma que las hizo necesarias, pero con la memoria del aislamiento todavía grabada en el metal.

